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“Aquí todos saben que somos trabajadoras sexuales transgénero”; La historia de Carmen, en la Roma

  • Escrito por María del Refugio Gutiérrez
  • Publicado en Reportaje

México.- Carmen espera el paso del último tren en la estación Chilpancingo del Metro. Es casi medianoche. Ahí cambió sus mallones y zapatos de piso por una blusa entallada, tacones y una falda corta que deja al descubierto gran parte de sus piernas.

En esta zona de la popular colonia Roma, en la Ciudad de México, una lluvia ligera empieza a caer, y un fuerte viento refresca la noche.

A las 23:20 horas sobre la calle de Nuevo León, casi esquina con Insurgentes, cuatro sexoservidoras trans se quitan de encima mallones, pants y playeras, que debajo esconden pequeñas y exóticas prenda de vestir. La cajuela de un auto estacionado sobre la banqueta es su guardarropa.

Pequeños shorts, tops, leotardos brillantes y mallas de red visten los cuerpos exuberantes de las trabajadoras para una nueva jornada de trabajo que terminará entre las 5:30 y 6:00 horas del día siguiente, precisamente con los primeros rayos del sol.

“La necesidad de sobrevivir me trajo a esta esquina, no fui, ni soy víctima de trata de personas, soy trabajadora sexual independiente, sin embargo, no niego que existe trata, sobre todo porque la permiten y fomentan las autoridades”, denuncia Carmen.

“Ellos conocen perfectamente que personas y en qué lugares existe, y nunca han hecho nada para castigarla y erradicarla. Lo único que hacen son operativos ficticios en donde detienen sexoservidoras, trabajadores de limpieza y a otras personas que no tienen nada que ver con el problema, y los verdaderos delincuentes siguen en la calle”.

Carmen llego a la Ciudad de México en 1981 desde Nuevo León. Tres años después ingreso a las filas de trabajadoras sexuales, cuando apenas tenía 16 años. “Fue la necesidad de ganar dinero, yo no sabía leer, ni escribir, y nunca pensé que esto tuviera tantos riesgos”, dijo con voz ronca.

“Aquí todos saben que somos trabajadoras sexuales transgénero, y eso hace que nos ubiquen con más facilidad las personas que nos desprecian por nuestra preferencia sexual y seamos víctimas de agresiones, porque en México existe un tras fobia impresionante”.

“Saben perfectamente dónde estamos, a qué hora llegamos y a qué hora comenzamos a trabajar, y con esta información y la falta de protección y complicidad de autoridades llegan directamente a agredirnos y todo queda en la impunidad, como desde hace décadas”.

En Insurgentes, entre Baja California y Chilpancingo, el tránsito sobre el carril de baja velocidad se hace más lento, los conductores estiran el cuello para tener una mejor perspectiva de la oferta en esta avenida que cruza de norte a sur la metrópoli.

Entonces, un auto se detiene por completo, parece revisar rápidamente a su alrededor, desde la ventanilla revisa de pies a cabeza, negocia el precio del servicio, y hace la señal para que aborde, arranca de inmediato y se pierde en el escaso tráfico de una de las avenidas más importantes de la capital.

Nada vulgar, si quieres caminar sobre Insurgentes

Desde hace tiempo y luego del dialogo con autoridades y vecinos, las sexoservidoras trans pueden trabajar en esta zona de Insurgentes respetando un horario y un tipo de vestimenta  y siempre sin exhibir partes íntimas, “nada vulgar”.

“Sabemos que en cualquier trabajo hay riesgos, en nuestro caso, cada noche, en cada servicio no sabemos que nos espera con cada uno de los clientes que atenderemos, en muchas ocasiones solo van a agredirnos, ni siquiera nos contratan, y cuando lo hacen es a través de engaños”.

Con coraje e impotencia, recuerda que una madrugada “llegaron tres tipos con un bat y me golpearon de tal forma que perdí mi ojo izquierdo y ahora tengo una prótesis maxilofacial”.

“Hice la denuncia y nunca pasó nada, las autoridades ni siquiera abrieron una carpeta de investigación, toda la agresión de que fui objeto quedo impune”, lamenta, al tiempo en que traga saliva y continúa hablando.

Las agresiones más fuertes se dan por parte de los clientes que no sólo las agreden verbal, sino también físicamente. Denunciarlos no sirve de nada, porque siempre voltean las cosas y la policía les cree.

“En mi caso tuve que tragarme mi coraje, mi impotencia y aprender a vivir con lo que me pasó, hacer a un lado el miedo y trabajar como puedo, no de la manera que yo quisiera”, subraya.

“Ha habido homicidios de compañeras que no se han esclarecido, han pasado años y las autoridades nunca han hecho ninguna investigación y mucho menos ha habido un seguimiento”.

Reitera con coraje que nunca se han esclarecido los crímenes de compañeras “que desgraciadamente han quedado muertas en la banqueta, como el caso de Esmeralda, a la que mataron en 1998”.

Esa madrugada un cliente la pico con una navaja, y ahí se quedó, tirada en la banqueta. Las autoridades, el gobierno, “se hicieron pendejos y nunca se investigó nada y actualmente siguen igual las cosas, si llega a pasar algo, no hacen nada, no hay seguimiento de estos casos”.

Además, la inseguridad ha provocado la disminución de clientes y “en el caso de las trabajadoras que ya no somos jóvenes, la demanda disminuye por la edad y por propaganda negativa que hacen de nosotras”.

Porque hay quienes todavía aseguran que nosotras somos un peligro porque somos las principales trasmisoras de todo tipo de enfermedades de trasmisión sexual, como el VIH.

Y eso no es cierto. “Por nuestro bien, por nuestra salud principalmente, somos responsables y nos cuidamos a toda costa de tener relaciones sin protección que pongan en riesgo la salud de nosotras y la de nuestros clientes”.

Su memoria regresa a los buenos tiempos, cuando tenía por lo menos 10 servicios diarios. Ahora hay días que sólo tiene uno y otros días ninguno.

La noche anterior, Carmen esperó a que salieran de la estación Chilpancingo los últimos usuarios del Metro. Se puso una falda corta y unos grandes tacones y esperó hasta las 5:30 horas. No hubo nada. Fue otra mala noche para ella. INFOMX/NTX/MRG/EVG

Modificado por última vez enDomingo, 16 Junio 2019 00:16

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