Crónica de un viaje en la micro | Infórmate Diario

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Crónica de un viaje en la micro

 

México.- 7:30 de la noche. Con un aspecto sumamente desatendido, ropa desgastada y sucia, la cabellera desarreglada, una mirada perdida y 2 bolsas negras como las que suelen usarse para la basura llenas de lo que parecen ser trapos; es la impresión que deja esta señora de aproximadamente 40-45 años, pasajera en un camión de la ruta 89, con rumbo a Atizapán de Zaragoza..

Se respira un ambiente hostil, miradas pesadas, apatía y murmullos que giran en torno a una persona (la señora de las bolsas negras) me encuentro sentado justo del lado izquierdo del asiento de esta señora, algo llama mi atención a los pocos minutos de tomar asiento y no es su aspecto, el olor a humedad o las miradas del resto de personas; la señora de las bolsas se talla el rostro con un limón, lo talla con tanta desesperación, que pareciese que en cualquier momento se llevara un pedazo de piel.

Esta particular acción desconcierta a más de uno de los pasajeros de este transporte, enseguida nuestros lugares se inundan con miradas pesadas, miradas de temor, otras con precaución y una que otra mirada de reojo para disimular un poco. Justo en la parada frente a mundo E, sube al camión un señor con vestimenta formal, el pelo tupido de canas y muy bien peinado, camina lentamente a través del camión, volteando la cabeza de un lugar a otro, como buscando un lugar, un lugar digno de él; pero lejos de eso, encuentra un único lugar en el camión, un lugar justo del lado derecho de la señora de las bolsas negras. Se detiene de golpe y enseguida gira su cabeza como queriendo evitar ver ese lugar, por lo que decide viajar de pie el resto del camino.

La señora de las bolsas negras, parece estar nerviosa, incomoda y un poco desesperada, pues el camión va a vuelta de rueda. Aproximadamente por Santa Mónica, sube al camión una chica al camión, pantalón de mezclilla, cabellera china, tez blanca con mochila en la espalda, enseguida recorre el camión hasta la parte trasera, se para frente a la señora de las bolsas negras, le sonríe y toma asiento.
En segundos el ambiente pesado e incómodo que se vivía en el camión, desaparece, las miradas que envolvían a la señora, desaparecen como por arte de magia; como si la chica de la mochila hubiese abierto esa puerta que nadie quiere abrir, la puerta que todos prefieren tener cerrada para no ver que hay dentro, para solo juzgar la fachada de la puerta. En un parpadeo, la señora de las bolsas negras había dejado de ser el centro de atención, el comportamiento de la señora cambio enseguida, por alguna razón había dejado de frotarse el rostro con ese limón que sostenía en la mano izquierda.

Conforme pasaban los minutos, se alcanzaba a escuchar la voz aquella chica de la mochila, conversando con la señora, hablaban sobre cómo les había ido en su día; la chica le platicaba a la señora que era estudiante pero que al mismo tiempo trabajaba para ayudarse en con los gastos de la escuela, por otro lado la señora le platicaba sobre su trabajo; las bolsas negras estaban llenas de lo que era su fuente de ingresos, trapos para cocina, abrió una bolsa y saco un puñado de trapos, mostrándoselos a la chica. Era increíble ver como la chica con tanta amabilidad le ponía atención a la señora mientras ambas sonreían, ese ambiente hostil de antes, había desaparecido por completo, ninguna mirada se sentía en estos lugares.

De una cosa puedo estar seguro, esa intranquilidad con la que la señora frotaba su rostro, no era una acción que ella planeara, sino una acción que el resto de personas a su alrededor le provocaba, pues ante un ambiente hostil, y un par de miradas atravesadas a su piel como si fueran clavos, la condenaban a sentirse incomoda y a actuar de cierta forma, pues al ponerse en contacto con una joven, charlar libremente y librarse de las miradas prejuiciosas, había dejado de tallarse el rostro con desesperación.

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