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La derrota del guerrero

Víctor Roura

Victor RouraDespués de 84 días sin haber podido pescar nada, el viejo Santiago se hace de nuevo a la mar. “El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas profundas en la parte posterior del cuello ―relata Ernest Hemingway―. Las pardas manchas del benigno cáncer de la piel que el sol produce con sus reflejos en el mar tropical estaban en sus mejillas. Esas pecas corrían por los lados de su cara hasta bastante abajo y sus manos tenían las hondas cicatrices que causa la manipulación de las cuerdas cuando sujetan los grandes peces. Pero ninguna de estas cicatrices era reciente. Eran tan viejas como las erosiones del árido desierto”.

Santiago era cuidado por Manolín, un adolescente que acompañaba al pescador a sus aventuras en la mar, tal como decía el viejo. “Así es como le dicen en español cuando la quieren ―asevera Hemingway―. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera la mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de moto comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban altos, empleaban el artículo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como un contendiente o un lugar, o aun un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo”.

El director ruso Alexander Petrov (1957) realizó una magnífica cinta animada, de menos de treinta minutos, con base en la hermosa novela de Hemingway. De marzo de 1997 a abril de 1999, Petrov se dedicó diariamente a dibujar, él solo (con la única ayuda de su director de fotografía: Sergei Rechetnikoff, y su hijo: Dimitri Petrov), cuadro por cuadro la adaptación hasta lograr crear un poco más de 29 mil imágenes, todas ellas elaboradas al óleo de lento secado. Su película, trabajada en el formato imax, pudo apreciarse, hacia finales del siglo XX, en la megapantalla del Museo del Niño.

La cinta es, sencillamente, imponente. Cada escena es una pieza pictórica de sutil vislumbramiento (es una verdadera lástima que no se haya editado un libro con las magníficas pinturas de Petrov). El realizador comienza directamente con la despedida del niño al viejo, que en la mañana partirá rumbo a la mar en busca de un gran pez, en busca de la ansiada suerte que durante 84 días lo ha abandonado. En la primera mitad de este infortunado recorrido estuvo acompañado de Manolín, pero luego de este periodo sin haber pescado nada “los padres del muchacho le habían dicho que el viejo estaba definitiva y rematadamente salao, lo cual era la peor forma de la mala suerte, y por orden de sus padres el muchacho había salido en otro bote que cogió tres buenos peces la primera semana”.

Pero el niño extrañaba las aventuras con el viejo. Petrov no se entretiene en los detalles del cariño de ambos personajes, pero sí lo remarca en ciertos detalles. En el breve diálogo inicial que los dos sostienen en la película el espectador se entera, por ejemplo, que Manolín tenía cinco años cuando el viejo lo llevó por primera vez a pescar (“y por poco pierdes la vida cuando subí aquel pez demasiado vivo que estuvo a punto de destrozar el bote”, dice el viejo). El niño lo tiene grabado en la memoria. La elocuente y profunda pintura de Petrov nos muestra, en seguida, al pescador en medio del océano, solo y su alma. El movimiento del mar es constante, vertiginosamente lento, implacablemente pertinaz. Los cuadros pictóricos son poderosos. Cuando Santiago mira a una fragata con sus largas alas negras girando en el cielo sobre él, y lo ve hacer una rápida picada sobre el mar y sacar, con notable astucia, un pez dorado, sabe, el viejo, que debajo de él puede hallarse una pesca de gran tamaño. Cazó con prontitud uno pequeño (“una linda carnada”) y esperó con sabia paciencia a su presa. De pronto, en una escena inolvidable del filme, un pajarillo se posa en el tenso sedal (“una especie de curruca que volaba muy bajo sobre el agua”), lo que indica que un gran pez ha picado y, a partir de ahí, Petrov retrata pictóricamente, con esa su mano maestra, la angustia solitaria de Santiago. Los cuadros deslumbran por su inquietante realismo. Las sacudidas del bote son violentas. “El sedal se alzaba lenta y continuamente ―narra Hemingway―. Luego la superficie del mar se combó delante del bote y salió el pez. Surgió interminablemente y manaba agua por sus costados. Brillaba al sol y su cabeza y lomo eran de un púrpura oscuro y al sol las franjas de sus costados lucían anchas y de un tenue color azul rojizo. Su espada era tan larga como un palo de beisbol, yendo de mayor a menor como un estoque”.

El viejo se asombró de lo grande que era.

Su lucha por conquistarlo apenas comenzaba, pero las fuerzas del viejo ya no eran las mismas. “Es un gran pez y tengo que convencerlo, pensó. No debo permitirle jamás que se dé cuenta de su fuerza ni de lo que podría hacer si rompiera a correr. Si yo fuera él echaría ahora toda la fuerza y seguiría hasta que algo se rompiera. Pero, a Dios gracias, los peces no son tan inteligentes como los que matamos, aunque son más nobles y más hábiles”.

Para darse confianza, el viejo recordó aquella vez, en la taberna de Casablanca, cuando había pulseado con el gran negro de Cienfuegos, el hombre más fuerte de los muelles. “Habían estado un día y una noche con sus codos sobre una raya de tiza en la mesa, y los antebrazos verticales, y las manos agarradas”. Lo había vencido a fuerza de una rabiosa paciencia. Ahora tendría que hacer lo mismo. Esperar. Esperar. Cazó, finalmente, al pez espada, pero los tiburones casi se lo devoraron durante su traslado a las costas de La Habana. El viejo estaba realmente molido, cansado, abatido. “Me derrotaron, Manolín ―dijo al muchacho, acostado en su cama―. Me derrotaron de verdad”.

Petrov prefiere tomar distancia en ese doloroso momento.

Y lo que en el libro conduce a una infinita tristeza (e inevitablemente a un desgarrador pero silencioso sollozo), en el cine se tiene la ingrata sensación del fin del guerrero (Petrov no nos muestra, como Hemingway lo hace en su relato, que el niño llora amargamente por el desconsuelo de su amigo), es notoria la perceptible impresión del cansancio de la vida, de que los días vencen finalmente al hombre, de que después de los días de gloria vienen las tardes sombrías y la negritud eterna de la noche. Si El viejo y el mar le dio a Hemingway, en 1954, a sus 55 años de edad (siete años antes de su muerte, ocurrida en julio de 1961), el Nobel de Literatura, a Petrov le concedió, en 1999, el Óscar a la mejor animación corta. La historia, salida de las entrañas del mejor Hemingway, es, de suyo, inabarcablemente meritoria.

INFOMX/NTX/VRP

Modificado por última vez enLunes, 22 Julio 2019 13:05

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