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Jueves, 17 de octubre de 2019 | Año XIX | No: 6897 | CEO: Francisco J. Siller | Dirección General: Rocio Castellanos Rodríguez

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updated 7:29 AM CDT, Oct 17, 2019
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¡No a la renuncia de Urzúa!

Moisés EDWIN BARREDA


El Presidente de la República tiene el derecho de aceptar o rechazar la renuncia de Carlos Urzúa a la Secretaría de Hacienda, la que bien puede verse como traición porque la oligarquía le llegó al precio, o admisión de que el cargo le queda muy, muy grande, o una y otra cosas. Lo sensato es que la rechace mientras no haya relevo adecuado, o se analiza la posibilidad de que él nombre funcionarios de su ramo a gente en la que confíe por su capacidad, no por amistad.
Aunque Urzúa explica que su dimisión es porque el Presidente lo ha rodeado de subordinados ineptos o con conflictos de interés, huele a traición a la cuarta transformación, o tontería si previamente no le planteó el problema al Presidente y su eventual solución. Es de sabios errar y corregir. AMLO no debe repetir el mayor error de Gustavo Díaz Ordaz, que fue negarse a resolver con sensatez el conflicto del 68 porque “se lesiona el principio de autoridad”.
Además, el Presidente puede no aceptar la renuncia incluso si tuviera carácter irrevocable porque, en rigor, rechazarla no es revocarla. Lo grave del asunto es que abona la especie de que López Obrador ha nombrado y nombra a los principales integrantes de los equipos de los funcionarios de su primer círculo, casi todos sin más mérito que la amistad con él o sus parientes, pero no mengua la confianza de ellos en AMLO.
Urge actuar con energía para contrarrestar la campaña con los oligarcas buscan exhumar su dictadura de partido quebrantando el apoyo de 30 millones y fracción de ciudadanos a López Obrador desde antes de la revolución de las conciencias que los llevó a votar por él en las elecciones mayores y más legítimas en la historia del país; esa cifra es prueba de la contundencia del rechazo popular a la pridictadura.
La renuncia de Carlos Urzúa parece traición orquestada por los oligarcas desesperados porque el rencor de cada uno de los 30 millones de individuos hacia la dictadura priísta los convirtió en masa que vio y ve en López Obrador al ángel exterminador, no han influido más que en mínima parte de 80 por ciento de mexicanos que lo apoyan, insuficiente para que den razón a Freud y Le Bon en el sentido de que la masa es impulsiva, voluble y excitable; muy susceptible a la propaganda, añadimos.
Los resultados pírricos del aparato de propaganda constituido por la oligarquía comprando a lectores de noticias y analistas políticos en los medios, algunos comentaristas en rede sociales, entre éstos varios reporteros; columnistas y blogueros, están muy lejos de empañar la victoria del pueblo, aplastante y humillante si se considera que AMLO recibió 53.19 por ciento de los votos y, en conjunto, sus oponentes 43.912 por ciento.
No hay certeza de que uno de los principales problemas de AMLO sea que impone equipo a sus colaboradores más importantes, pero sí de fallas en comunicación social; la principal es la bisoñez del equipo, la que se demuestra porque no le proporciona información adecuada a AMLO, no conocen a los periodistas –epiceno-- éticos o a los inmorales; algunos de estos últimos se han presentado ante AMLO como blancas palomas que merecen apoyo.
Otra de las bolas bobas que ha lanzado AMLO por esa deficiente información, es que Fidel Castro Ruz frecuentaba un café sito en el cruce de Morelos y Bucareli, pues lo inauguraron entre 1960 y 1961, luego de que en 1958, el Cid Campeador cubano derrocara al proxeneta yanqui en la isla, el sargento Fulgencio Batista Zaldívar, que sacó a flote la economía nacional y la propia convirtiendo a Cuba en lupanar de mafiosos estadounidenses para extranjeros acaudalados.
Lo cierto es que durante su permanencia en el entonces Distrito Federal, el líder cubano, su hermano, el “Che” Guevara, Camilo Cienfuegos y demás comprometidos con la revolución se reunían gran parte del día en la dulcería La Giralda, situada en la acera sur de Puente de Alvarado, a unos cien pasos de la calle Rosales.
De la dulcería, adonde recalaban antes y después de su adiestramiento para combate en el cerro del Chiquihuite, salían a vender “bonos de guerra”. Si no recuerdo mal, la unidad costaba 50 pesos. Los apoyaban la propietaria, doña Guillermina (¿o Margarita?) Domínguez, y sus tres hijas. Abandonaron su hogar en la calle Cocos, colonia Clavería, porque al triunfo de la revolución, Fidel se las llevó a Cuba.
Y más cierto es lo inaceptable de la renuncia de Urzúa.

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