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Matar un ruiseñor y el racismo a la alza. El norte en llamas

Teresa Gil
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Tere gilTrump en su peor momento de agresión racista. Aquel libro famoso de Harper Lee, Matar un ruiseñor, sensibilizó a una clase media conservadora en el Estados Unidos de 1960, pero pese a su liderazgo libresco que se reflejó en un filme, no profundizó en las raíces del racismo. Las leyes que erradican la discriminación y protegen los derechos civiles si bien han servido para sancionar, no han roto la supraestructura de la llamada superioridad blanca que periódicamente exacerba, mata y trata de destruir los valores afro e indígenas. Poco antes de la muerte de George Floyd tras ser detenido por un policía, una mujer blanca agredió a dos latimos a los que creyó mexicanos, armada de un martillo. La agresión se extiende a otras razas, los chinos han sido perseguidos, algunos, como sucedió en marzo, atacados a cuchilladas. Este tipo de agresión es permanente pese a la demagogia de un cambio de actitud y ha levantado la indignación de las comunidades afroestadounidenses ( afroamericanos o raza negra como en forma distinta quieren que se les llame), con resonancia en el mundo. En los últimos días empresas y personalidades de la música se han sumado a la protesta negra, entre ellos las cantantes Rihanna, Beyoncé, Ariana Grande, Quincy Jones, entre muchos. La población está alerta. Trump ha enviado a la Guardia Nacional a lanzar gases y balas de salva y amenaza con disparar balas de verdad a manifestantes, muchos de los cuales, miles, ya han sido detenidos. El brote en este momento parece imparable.

MATAR DESDE ARRIBA Y SOMETER AL DIFERENTE, POR SU PIEL Y MODO DE PENSAR
La concepción de democracia que ha presumido el país del norte, no solo se ha ensañado en sectores de ese país por el color de su piel. La persecución se volcó en la forma de pensar y ver la realidad, de otros sectores como la izquierda comunista y se extendió hacia países que no pensaban como Estados Unidos, durante la guerra fría. Los brotes racistas coinciden en esa persecución. Los hechos en la universidad de Alabama en 1956 para impedir que entrara gente de piel morena y la lección de aquella mujer Rosa Park (que se negó a dar su asiento a un blanco y que provocó con ello el famoso boicot camionero de Montgómery) se daban en los años cincuenta a la par que eran sometidos personajes, actores y militantes de izquierda a la sanción macartista. Pese a las leyes, las muertes y agresiones siguieron con los años. En abril de 1968 fue asesinado en Menphis Tennesse, Martin Luther King. Si Donald Trump arremete contra todo lo que ve diferente en la piel, y en las concepciones, es difícil erradicar el racismo y la discriminación en Estados Unidos. Tendrá que ser la ciudadanía la que lo haga. Lo mismo se da en países que han recibido la transculturación del norte y lo vivimos en México, por ejemplo, en el que los sectores afromexicanos y los indigenas, han sido avasallados, relegados y menospreciados por su color. No digamos los que piensan diferente en sus preferencias o en su ideología y ahí está la historia del Partido Comunista Mexicano, con perseguidos y asesinados muchos de sus líderes. Después de siglos de vivir en nuestro país, hace poco, apenas, que los afromexicanos, cuyas poblaciones se extienden a nueve estados, Guerrero y Veracruz sobre todo, han sido tomados en cuenta en la legislación. No se diga del sector indígena, pese a las demagogias de muchos gobiernos.

MATAR UN RUISEÑOR SOLO TOCÓ EL RACISMO POR ENCIMA
La obra Matar un ruiseñor (1960), fue un fenómeno de librería y como suele ocurrir, se le equipara en ventas con la Biblia. Se trata de un largo e interesante relato al parecer autobiográfico de Harper Lee, que solo escribió ese libro, al que se considera de género gótico. Ella misma admiraba a Jane Austen por ese género, pero la inglesa no era una escritora gótica, por el contrario fue crítica de ese género y sus posturas fueron abiertas y adelantadas para la época. En su libro La abadía de Northanger, critica, como lo hizo Cervantes con las novelas de caballería, las novelas góticas precisamente. El libro de Lee que inspiró el filme del mismo nombre Matar un ruiseñor ( Robert Mulligan 1962 con Gregory Peck, que ganó tres óscares), aborda varios problemas que enfrentaba entonces -y ahora también-, la sociedad estadounidense, principalmente en Alabama donde nació la autora, como la secregación racial a partir del racismo y la discriminación. Aún se le considera un arquetipo en el país del norte, si bien no deja satisfecha a la población negra. Fue un libro que avasalló librerías, y se vendió como pan caliente en todo el mundo. El resultado fue la toma de conciencia de una sociedad que presumía de haber ganado la Segunda Guerra Mundial, hecho no verdadero. El libro se convirtió en texto escolar, pero con el tiempo y los análisis de conocedores, se pidió el retire de la obra por considerar que aunque tocaba el racismo, lo exponía como un hecho de concesión humanitaria, que abordaba la situación de la población afroestadounidense desde una perspectiva de inferioridad, de seres a los que había que tratar bien, respetarlos y ayudarlos, pero no incorporarlos como iguales. En el libro, sostienen esos analistas, se menciona 48 veces la palabra negro. La escritora era una persona de clase media cuyo padre, un abogado, parece la representación de Atticus Finch el abogado del filme que defiende a un afroamericano Tom Robinson, que al ser declarado inocente de una falsa acusación es asesinado de un tiro, presuntamente por querer huir. O sea, se plantea en el fondo de esa muerte, el saneamiento y desquite necesarios de una sociedad al librarse de un hombre al que no había podido culpar. Se mezcla el largo relato con un ser misterioso en torno al que gira la concepción gótica del género. Es el que defiende a los niños del relato y mata en la reyerta al agresor de aquellos. Como tendría que ser sometido a juicio, es a él, al que se refiere la narradora y no a Robinson, cuando le pide a su padre no exponerlo porque sería, “matar un ruiseñor”. Es una de esas largas novelas sureñas que tanto han gustado a los estadounidenses, sin que por ello alcancen el cenit de considerar a sus congéneres de otro color, ciudadanos comunes como ellos y con todos los derechos por respetar.

 

 

 

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