Martes, 13 de noviembre de 2018 | Año XVIII | No: 6559 | CEO: Francisco J. Siller | Dirección General: Rocio Castellanos Rodríguez

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updated 2:39 AM CST, Nov 14, 2018
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“Huele a Pan…”

México.- Han sido vistas en casi todas las estaciones del metro de la Ciudad de México, en los paraderos de microbuses, en los puestos de café y tamales, así como en muchos sitios donde venden comida, diariamente al amanecer y casi hasta mediodía. No, no son los ratas, ni cualquiera de las múltiples plagas citadinas como cucarachas de todos tamaños que infestan la urbe más caótica del mundo.
Son cajas de cartón, que contienen ilusiones, trabajo, cariño y tradición. Son de color blanco adornadas con diseños de grecas que emulan azulejos en colores azul y rojo,  las más grandes casi de medio metro cuadrado, las otras pequeñas en una variedad de dimensiones que albergan menor cantidad de sorpresas; pero todas tienen el mismo nombre, el mismo sello, la misma misión. 
Los secretos que guardan estos empaques son el incontenible aroma y sabor del tradicional pan dulce de Pastelería Ideal, fundada en 1927. Durante casi 90 años las mañanas de millones de capitalinos se han vestido de colores y texturas a través de los productos de esta casa que cuenta con tres sucursales, Centro, Uruguay y Aragón. Siendo la más emblemática la que se ubica en la calle de 16 de Septiembre número 18.
Esta afrancesada casona de principios de siglo es visitada diariamente por miles de personas que en interminable vaivén recorren dos pisos repletos de mesas con anaqueles de donde cargan, en charolas los preciados objetos que son embolsadas con una excepcional destreza y cuidado, para cada pieza existe un empaque especial y son cómodamente colocados en las mencionadas cajas, según su cantidad. 
La actividad inicia a las tres de la mañana, cuando el primer turno de panaderos comienza su providencial tarea de “hacer el pan”, los ingredientes van desfilando, harina, huevo, fruta, levadura, chocolate y demás delicias que se integran en Donas, Panqués, Conchas, Daneses y toda clase de figuras de las reposterías, española, mexicana y francesa.
Un ejército de trabajadores en tres turnos realiza la interminable labor de ordenar, exhibir y despachar todo el pan que se produce  y se ofrece desde las 6:30 de la mañana hasta las 9 de la noche. Entre semana la gente hace fila en la ahora calle peatonal, para obtener las primeras piezas que bajan en elevadores, todavía humeantes y desprendiendo el olor a naranja, vainilla o caramelo. 
Acudir a la panadería es un espectáculo lleno de colores, pisotones y empujones ante las líneas de empacado y también en las cajas, colocadas alrededor de las mesas del pan, pasteles, galletas y gelatinas. Hay que armarse de paciencia en las llamadas “horas pico”, que son prácticamente todo el día. Pues para desayunar, después de comer o merendar siempre se antoja un biscocho o una campechana.
Son las 5 de la tarde de un sábado de finales de Enero en plena cuesta la sala del pan está repleta, se acaban las pinzas y las manos traviesas de algunos niños no pueden evitar el pellizco a una corbata o la mordida precisamente a un beso, eso aquí si es posible, pues casi hay una pieza de pan, para cada parte del cuerpo, o actividad cotidiana. Rieles, Orejas, Rejas, Trenzas, Marinas, Ochos, Gendarmes, Cocoles y Abrazos. 
Las bolsas blancas de papel  o plástico se amarran con hilo cáñamo ya casi en desuso, pero aquí se utiliza por kilómetros para sellar bolsas de papel, la coordinación para resurtir la gama de manera ininterrumpida es toda una coreografía pues las charolas de horno montadas en plataformas recorren los pisos interactuando con lo concurrencia, sin que ocurran accidentes, de hecho son escasos, pues el respeto de la gente por el pan y sus beneficios al corazón son mayores que los daños que se le achacan, como culpable de la obesidad de los capitalinos. 

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