Sábado, 30 de mayo de 2020 | Año XX | No: 7122 | CEO: Francisco J. Siller | Dirección General: Rocio Castellanos Rodríguez

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En Cuba nadie es analfabeta...

12936588 2114955118743088 236506043871385894 nMéxico.- “En Cuba nadie es analfabeta, todos los niños sabemos leer”. Para ese entonces, nadie sabía nada, más que el dueño de esas palabras, Kevin, un cubano de 9 años que no supera los 150 centímetros de altura, quien había salido junto con sus papás de su país de origen en busca de mejores oportunidades. En realidad, la mayoría de los que habitaban en casa MAMBRÉ tenían aquel objetivo.

Casa MAMBRÉ es un asilo a cargo de dos monjas, ubicado en la colonia Guerrero, en cuyas habitaciones viven temporalmente personalidades provenientes de distintas partes del mundo; cada uno con diferente altura, edad, cultura y experiencias. Actualmente, hay 66 migrantes dentro de sus instalaciones. Las personas visten de manera que la practicidad supera las tendencias, aunque cada quien logra resaltar su estilo y esencia. Gracias a esto, y a muchas cosas más, es que Casa MAMBRÉ es el primer asilo migratorio en recibir personas de la comunidad LGBT+.

Fue dentro de toda esta diversidad dónde conocí a Kevin. Cuando lo escuché enorgullecerse de que en Cuba todos saben leer, ésa había sido la segunda vez que lo vi, y la primera en oírlo hablar. La primera vez que lo vi fue ese mismo día, minutos antes de que la casa llegara al tope de capacidad en la sala de espera, y comenzara a percibirse el movimiento, el dinamismo, la incertidumbre.

Mientras las madres explicaban el concepto de casa MAMBRÉ, los huéspedes salían y se volvían a meter, se asomaban y replegaban para que su acecho sobre nosotros no fuera evidente. Fue ahí que vi a Kevin por primera vez. Él estaba sentado estratégicamente en la esquina, y a distancia del borde de concreto de lo que parecía estar destinado para poner una puerta, de manera que pudiera echar un vistazo “allá” y “acá”. No fui la única en percatarme de su presencia, pues la madre lo invitó a decir “unas palabras”, y fue en ese momento donde dejó en claro que todos los niños en Cuba sabían leer.

Íbamos unas 40 personas, y entre nosotros, “los visitantes”. Cajas y bolsas llenas de despensa cubrían aquel piso, donde más tarde nos encontraríamos intercambiando tiempo de convivencia, siendo los juegos de mesa nuestro medio para agilizar la dinámica.

No habían pasado más de 2 minutos, cuando Kevin terminó de hablar y se echó a correr. Esto dio paso a que las madres nos dieran un recorrido por las instalaciones. Mientras tanto, Kevin se ofrecía a cada uno de nosotros para ayudar a recolectar las cosas que llevábamos para donar, pues es gracias a las donaciones que el asilo logra abastecer las necesidades básicas de los que habitan ahí.

Entre cuarto y cuarto, era difícil que un grupo tan grande como el nuestro, pudiera pasar sin tener que pegarse con el de al lado.

Pasábamos cerca de sus camas, y eso nos permitía observar que todos los migrantes eran tan distintos, y tan distinguidos entre sí, pero la energía de Kevin lograba resaltar entre las demás. Cuando subimos, Kevin no se apartó del grupo, sólo hubo un momento al final del recorrido donde lo hizo. Tomó carrera para colocarse sobre un sillón, a la vez que sujetaba un libro abierto que observaba con mucha atención. Para ese entonces ya había terminado el tour y podíamos empezar a convivir.

Cada quien se juntó con quien quería, así que yo me junté con Kevin y otros chavos, y en mesas plegables colocamos el Jenga. Kevin para cualquier cosa recurría a su mamá, que estaba al otro extremo del cuarto. La pasamos muy bien, Kevin no dejaba de ayudar a los demás para saber qué pieza era buena para sacar, hasta que alguien propuso jugar “lotería”. Por primera vez no había escuchado ni una sola palabra de Kevin, él se levantó y se echó a correr con su mamá. Esto a nadie sorprendió, pues ya lo había hecho antes. Regresó después de unos segundos, pero la plática había aumentado entre las personas con las que estaba, y Kevin pasó a un segundo término. Le pregunté si todo estaba bien, y él no dejaba de decir: “Es que me da pena”. Le dije que no tenía que decirme nada si no quería hacerlo, y seguimos jugando Jenga entre los dos.
La última vez que vi a Kevin fue esa misma tarde: estábamos jugando, y él se acercó a mi oído, y con gran esfuerzo reconoció que no sabía leer, y que había mentido. Fue esa confesión, acompañada de pena y vergüenza, que me hicieron reflexionar de lo que un juego de lotería podía generar en la vida de un niño migrante.

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