Jueves, 29 de julio de 2021 | Año XXI | No: 7547 | CEO: Francisco J. Siller | Dirección General: Rocío Castellanos Rodríguez

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  El espacio sagrado del Cerro del Brujo: Testimonios de su profanación

La sierra nejo panoramioMéxico.- A una altura de 1660 metros sobre el nivel del mar, se alza victoriosa sobre la neblina matinal, una misteriosa formación al que los otomíes de la Sierra Madre Oriental del municipio de Tenango de Doria en el  Estado de Hidalgo,  consideran un símbolo sagrado y mítico. En la antigua religión de los  pobladores de estas montañas, a este monolito lo  ven como un objeto mágico con un espíritu que nace y vive a través de ciertos rituales. Ubicado en un espacio sagrado, al que los habitantes de esta región  denominan el Cerro del Brujo, se encuentra este mimetolito, que ahora se conoce como el Cirio, pero que desde tiempos ancestrales, toda la población se refería a éste como el “Falo”.

Durante una investigación sobre los usos y costumbres de los habitantes de este lugar, se han recogido testimonios de la situación económica, familiar, sociológica. Nos han transmitido sus tradiciones, sus ritos,  su cosmovisión y sobre todo nos han relatado como ha sido la transformación de la vida religiosa de estos pobladores en los últimos 50 años.

En fin,  son historias que en algún momento se cruzan, otras veces se contradicen, relatos que añoran los tiempos y ritos pasados. Crónicas que evocan e invocan un mundo mágico y simbólico. Hechos narrados hasta donde la memoria lo permite o mejor dicho, hasta lo que se quiere y se debe contar al extraño, al ajeno a su mundo ritual.

El pueblo que abarca el espacio sobre el que se ubica el Cerro del Brujo, está asentado sobre un terreno irregular, con trazos hasta cierto punto con un orden. Sus casas son en la mayoría de concreto, aunque hay viviendas muy humildes con casas de techos de cartón y hechas solamente para protegerse de las inclemencias del tiempo.

Me cuenta Don Tomás de 75 años de edad y vecino de esta zona, que hace muchos años, sus viviendas eran hechas de manojos de milpas. Se amarraban rete bien para no dejar pasar el agua. Estaban construidas en los cerros, donde había muchos árboles.

Ese cambio en lo referente al material, se debe sobre todo a que ahora la gente, cuenta con recursos económicos, mismos que son productos de los envíos de remesas en dólares que mandan los “mojados” a sus familias. 

Pero este dinero nunca es suficiente y la mayoría de las familias del poblado se dedican a la agricultura, actividad que es  autosuficiente, viéndose reflejada en los sembradíos de frijol, maíz (alimento básico desde siempre en nuestras comunidades indígenas). En algunos casos, siembran calabaza, jitomate y chile.

Para tener “buena mano” en las siembras y por tanto buenas cosechas, se acostumbraba hacer rituales a la tierra en el Cerro del Brujo, espacio sagrado para los viejos otomíes. Cuyo nombre se debe a que ahí se reunían los brujos de la región para realizar curaciones, maleficios y peticiones de la comunidad. En este lugar sagrado,  se llevaba a cabo la ceremonia inicial para aprenderse los rituales, las peticiones, los cantos, las danzas y los rezos.

El día 3 de mayo, se hacía una procesión, que  iniciaba muy de madrugada antes de la salida del sol con rumbo hacia la montaña. Generalmente era dirigida por 3 o 4 brujos, quienes se encargaban de hacer la petición correspondiente. Al ritmo de tambores, de cantos de la gente que llevaba listones de muchos colores, se detenían antes de subir al cerro y  rezaban  alrededor del “falo”, donde lo envolvían con dichos listones, le encendían velas  y bailaban al son de la música, para tenerlo contento. 

De ahí  con mucha alegría subían al  Cerro del Brujo, cargando guajolotes, gallinas negras hasta llegar un poco abajo de la cueva.  Testimonio de don Sebastián, 72 años

Cirio 451x600Así vemos que el espacio que conforma el Cerro del Brujo, la cueva y el falo es el escenario donde surgen las manifestaciones que evocan el conocimiento y prácticas ancestrales de los antiguos pobladores. Dirigidos por un líder (brujo o curandero), que tiene el don heredado de sus viejos ancestros.  Este chaman será el continuador de los ritos y a la vez se ostentará como el ser que protegerá el espacio ritual. Ese lugar sagrado donde se pueden invocar a las fuerzas malignas o benignas, según las necesidades de los habitantes. Este brujo, será respetado o temido,   curandero que puede aliviar males o  lanzar una maldición; posee las oraciones y los ritos.                                             

La gente recuerda que  la construcción de la  carretera que dividió en dos a la piedra sagrada (El falo) y al Cerro del Brujo, tiene menos de 20  años. Antes de esa carretera, la gente se juntaba ahí, para hacer la ceremonia de la petición de lluvia el 3 de mayo.  Sólo había un caminito muy viejo. Pero desde que llegaron las iglesias cristianas, la misma gente del pueblo solicitó  al gobierno que hiciera una carretera.

Las anteriores testimonios son un fiel recuerdo, una añoranza por esos ritos, pero sobre todo destacan la importancia y el respeto hacia el espacio sagrado que conforman el Cerro del Brujo, el  Falo (Cirio) y la Cueva, y que aun habiendo sido “violentado” por la carretera que prácticamente lo partió en dos,  los viejos otomíes e incluso los jóvenes  - con mucha discreción y  en secreto - lo siguen considerando parte de su identidad.

Se ha de mencionar que los principales cerros de Tenango de  Doria son “El Estribo”, “El Debosda”, “El  Crío”,  “El Macho”, “La Cuchilla” y el “Cerro del Brujo”, con elevaciones superiores a los 1200  metros sobre el nivel del mar.

Para los pobladores de ese Municipio, todos los cerros antes señalados son sagrados al considerarlos “dadores del agua”.

Los otomíes aseguran que dentro del vientre de los cerros, es decir en su interior, se encuentran pequeños ríos y manantiales que abastecen a las comunidades todo el año.

La entrada a esos cerros está cubierta por la gran vegetación, ramas y árboles que la protegen de seres malignos y extraños.

Para los otomíes el agua es sagrada y está ligada a la vida misma, por lo que es objeto de ritos y ofrenda a esos riachuelos y manantiales.  Para la cosmovisión otomí el agua es femenina, es el principio y el fin de la vida. Es el líquido que hace fértil a la tierra. El agua es sagrada por lo que hay que cuidarla, venerarla todos los días del año, siendo la fiesta principal el 3 de mayo o día de la santa cruz,  cuya celebración se hacía con una procesión hacia el Cerro del Brujo. También había algunos manantiales en los pueblos, aunque estos con el uso se han secado o desaparecieron. Así subían al Cerro señalado para rogarle que tuvieran abundante agua, buenas cosechas.

En el anterior relato, vemos dos elementos que  generalmente siempre van unidos en la cosmovisión indígena: cueva y cerro.

La petición del agua, recuerdan los entrevistados, es uno de los rituales más antiguos y está ligado, según ellos, a los dioses de sus viejos ancestros. Un dios que era venerado, y aunque ninguno de ellos lo liga con Tláloc,  quizás por temor  a las religiones protestantes que dominan el municipio, y que era también temido cuando se enojaba.

Así, el Dios de la lluvia, el Tláloc, su culto sigue presente en estas comunidades indígenas.

Los ancianos entrevistados, recuerdan que también había otras peticiones al Cerro del Brujo, además de la del día de la Santa Cruz (3 de mayo). Esa era la fiesta o petición de la “buena cosecha”.  Este ritual se realizaba entre el 10 y 15 de agosto.

En esta fiesta, la gente se organizaba, con muchos cohetones, se compraban los borregos, los pollos, el pulque, las flores, y también había músicos que iban tocando en todo el camino.

La gente salía de San Nicolás y se dirigía  a la  piedra mágica (el falo). Ahí le daban las gracias por las buenas cosechas (fertilidad). Le bailaban,  cantaban y le hacían olas con muchos listones de colores le prendían velas o cirios, luego ya se iba subiendo al Cerro Brujo y unos cien metros antes de llegar se detenían frente a una piedra cuadrada, que tiene cara humana- y que quién sabe cómo la subieron ahí- y también había una cruz, que pusieron los ángeles, donde se persignaban y descansaban un rato. Y luego el ascenso a la cueva del Cerro Brujo.

Es de resaltar en la anterior vivencia, el sincretismo entre la creencia cristiana y la indígena.

Según nuestros entrevistados, este ritual se dejó de practicar hace cerca de 25 años, sobre todo por la influencia de las nuevas religiones protestantes que llegaron a la región.

Podemos observar que casi todos los testimonios coinciden en que los ritos al cerro y al falo, están ligados al ciclo agrícola y que funcionan como propiciadores de fenómenos meteorológicos. 

Sin duda alguna, todas las civilizaciones arcaicas consideraron a la piedra como un elemento sagrado. La piedra para los primitivos, era una especie de símbolo de durabilidad, de algo “eterno”, a diferencia de las plantas, por ejemplo, cuya existencia es efímera al marchitarse. 

El Cerro del brujo, antes de la construcción de la carretera.

La piedra al tener esa condición de “durabilidad eterna”, está en ventaja incluso con el hombre, cuya vida es sólo pasajera y que con su muerte desaparecerá de la faz de la tierra.     

Pero era lógico, que los primeros humanos de la tierra, no adorarían a todas las piedras. Éstas serían tan sólo objeto de culto  en la medida en que posean algún atributo o aspecto que le otorgase la condición de sagrada. Por lo que es obvio que no se adora a cualquier piedra por su constitución, sino por el hecho de que posee una simbología que le otorga un valor, ya sea  que nos remita a algo por su forma, tamaño u origen.   

Se afirma entonces que,  desde los inicios de la humanidad, siempre ha existido un “culto a las piedras sagradas”. Incluso el cristianismo fundó su primera iglesia sobre una piedra, simbolizada en la imagen de Pedro el apóstol.

Así con las anteriores consideraciones teóricas, nos planteamos la siguiente cuestión: ¿nuestro mimetolito ubicado en el Cerro del Brujo y  objeto de esta  investigación es falo o cirio?

Los geólogos atribuyen la formación de esta piedra como el producto de unión de calizas, que al paso de los siglos fue erosionándose hasta formar la figura de un falo, mismo nombre con que la población lo llamaba hace cerca de 20 años, aunque hoy las autoridades religiosas y turísticas de Tenango de Doria, insistan en promoverlo y darlo a conocer como el Cirio.

Por la percepción que se tiene de esta piedra sagrada,  los antiguos pobladores otomíes de la Sierra, lo vinculaban a la fertilidad. Esta creencia nace también desde la antigüedad en las culturas paganas, ya que siempre se dotaba de este significado a una figura recta en forma vertical, lo que siempre remitía en el receptor a asociarlo a lo viril, a lo masculino y a la fertilidad.

Los antiguos egipcios construyeron  grandes obeliscos al creer que éstos eran el falo del Dios solar.

 

En las siguientes líneas, haremos un recuento general, de cómo fue  la “nueva evangelización” hacia los otomíes por parte de las sectas cristianas.

En general, coinciden los testimonios de la  gente que nos los  ha compartido a lo largo de esta investigación: es por los años 50´s, que los lazos familiares, los vínculos sociales (compadrazgos, apadrinamientos),  se deterioran por la intromisión de sectas protestantes. La aceptación o rechazo de estas creencias, dependía de la labor de cada pastor. Esta intromisión influyó en todos los sectores: político, económico, social y religioso.                                                              

Según se recuerda, que allá por los años 60´s, una avioneta volaba por el cielo, arrojando pequeños paquetes. La gente por el interés, se lanzó en su búsqueda y  descubrieron que eran  libros: biblias.

Contra todo pronóstico la labor “evangelizadora”  fue exitosa. Al poco tiempo la gente se convirtió al protestantismo. Hay algunos católicos que aún mantienen sus ritos y creencias otomíes en un sincretismo, sobre todo en lo referente a los rituales agrícolas, aunque el culto a los cerros casi desapareció por completo.

Con la llegada de las sectas evangelizadoras, los otomíes dejaron de creer en los seres que habitan los cerros y en las imágenes de los santos que tenían en su casa. Lo más grave es que dejaron de realizar los sacrificios de animales – hacia los seres sobrenaturales y santos católicos-  y las fiestas o rituales: comidas, alumbramiento con velas, bailes, música. Abandonaron sus espacios sagrados: montañas, cerros, cuevas, la piedra sagrada (falo), altarcitos, iglesia católica.

Los “convertidos” ahora creen en Jesucristo, aquel que resucitó al tercer día. Al cual se le honra con oraciones y no con “borracheras o gastos inútiles”.

La gente ahora va al templo a orar. Es importante señalar que esta conversión trajo división entre las mismas familias. Algunos se negaban aceptar la nueva religión, y aún en aquellos casos donde alguien del núcleo familiar tenía ciertos “poderes de brujo”,  lo alejaron o corrieron de la casa.

Se podrá observar que en menos de 50 años, el avance de las iglesias protestantes ha sido considerable. Estos datos son del año 2000, por lo que es lógico pensar que al año 2021,  al arribo de nacimientos en las familias que profesan una religión protestante, la cifra va en aumento sin duda alguna.

La “nueva evangelización”, entre los otomíes de la Sierra Madre Oriental  cambió casi por completo las viejas creencias. La gente se fue olvidando de los brujos o curanderos, quienes fueron perdiendo influencia en la población. Los pastores cristianos tuvieron mucho que ver en este proceso, pues llevaron  a cabo  una labor de convencimiento hacia los habitantes, de que esas prácticas de los brujos y de la gente “vieja” estaban asociadas al diablo, a lo maléfico.  Aunque hay gente que sigue recurriendo a ellos, lo hacen en secreto, de manera clandestina, para evitar los chismes o las habladurías. 

Es muy lamentable, que esos brujos, poseedores de un conocimiento ancestral de su raza,  sus costumbres, y sus creencias milenarias, ahora estén  “abandonados como jarrito viejo”, o que los niños o los jóvenes los vean con miedo, con temor y en el peor de los casos con burla.

 El último testimonio   nos  habla sobre el sentir de la gente hacia los curanderos:

En el pasado los brujos eran respetados y bien vistos  en la comunidad, porque era brujo aquel que cura como el que hace el mal, pero desde que llegaron los de las sectas, el brujo es temido y repudiado . Doña Chela (78 años)

ALGUNAS CONSIDERACIONES FINALES.

Los breves testimonios que se han citado son una evocación e invocación hacia un mundo mágico, simbólico, que a pesar de las transgresiones culturales, religiosas, políticas, sociológicas, económicas y hasta de la misma modernidad, han sobrevivido y que en cierta medida, el compartir sus experiencias con el extraño, el ajeno,  buscan un depositario que divulgue hacia otros sus leyendas, sus tradiciones, sus rituales, a fin de que la memoria colectiva no los olvide.

Y creo que a la Historia y a la Antropología les corresponde esa tarea, sin justificar tal o cual acción, sino simplemente entender y explicar  hasta donde el fenómeno es mítico o real. 

 

5 comentarios

  • Graciela Suárez
    Graciela Suárez Miércoles, 09 Junio 2021 23:44 Enlace al Comentario Reportar

    Profunda investigación que analiza y constata que los antiguos rituales persisten en la vida cotidiana de nuestras comunidades

  • José Rentería
    José Rentería Miércoles, 09 Junio 2021 11:18 Enlace al Comentario Reportar

    Este reportaje, me hizo recordar una visita hace 25 años al cerro del brujo. Y la gente del lugar se refería a ese mimetolito como el falo. Era y es la atracción del lugar. Trabajos como esta investigación son muy importantes porque rescatan y escarban en las tradiciones y creencias de nuestros antepasados.

  • Bernardo Olguín
    Bernardo Olguín Martes, 08 Junio 2021 21:03 Enlace al Comentario Reportar

    Profunda investigación a nivel teórico y de campo que explora un ritual milenario entre todas las culturas del mundo: la adoración y culto a las piedras.

  • Angélica Madrid Carranza
    Angélica Madrid Carranza Martes, 08 Junio 2021 20:37 Enlace al Comentario Reportar

    Bastante interesante la existencia de lugares que guardan la visión cosmogónica de los otomíes, que por cierto no conocía, me encantó su profundidad, su mística, su sincretismo religioso, pero sobre todo me llamo la atención la existencia de una segunda colonización religiosa llevada a cabo por los protestantes.

  • Fernando Ruíz
    Fernando Ruíz Martes, 08 Junio 2021 09:51 Enlace al Comentario Reportar

    Excelente reportaje sobre los ritos y creencias que perduran en nuestros pueblos, resultado del mestizaje cultural. Y que interesante que aún persista el culto pagano hacia las piedras.

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