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INFONAVIT, casas que no son hogares

Tere GilTeresa Gil

El asunto de las casas abandonadas en el país, exhibe la política habitacional del gobierno mexicano y el desprecio que se tiene por sectores proletarios, que en su mayoría, por su necesidad, han caído en el garlito del Infonavit y sus llamados desarrolladores. Aunque recientemente se saca más a colación, el tema no es nuevo e involucra a las administraciones panistas y priistas y desde luego, aparte a los empresarios avorazados y a los gobiernos locales. No es posible que en un país tan necesitado de vivienda, haya miles – 200 mil según aceptó David Penchyna director del Infonavit en 2016 aunque ahora lo estén negando; y pueden ser más-, de viviendas abandonadas en varios estados y sometidas a macroofertas en las que salen ganando las constructoras. Estas recuperan mañosamente y casi regalada su inversión (40 mil pesos cada casa, cuya oferta no se hace a nivel individual al resto de la gente), pero según datos publicados, ni siquiera se aprestan a rehabilitar las casas y ponerlas en condiciones adecuadas. Todo es ganancia. La ineptitud de estas empresas, el uso abusivo de materiales corrientes y el diseño afrentoso para la vida de una familia (en 40 metros cuadrados), demuestran la mala fe oficial y la ignorancia de la forma de vivir del mexicano. El propio instituto ha negado que el problema sea la inseguridad, o la presencia del narco en ciertos desarrollos. Incluso insiste en que las casas están cerca de los centros de trabajo y tienen condiciones habitacionales. El abandono demuestra que no es así. Si se contemplan directamente o en imágenes la serie de casitas multicolores, se ven aisladas, en llanos secos, sin árboles, ni parques, ni centros de recreo, alejadas de toda civilización, muy diferentes a las de los altos funcionarios, rodeadas de vegetación diseñada y exuberante y teniendo a la mano un campo de golf, tal como lo exhibió en una foto el diario El País, hace dos semanas. Un aspecto fundamental para toda persona, como es la necesidad de tener un techo, es trastocado, deformado, sometido a la corrupción como todo lo que toca el poder. Una casa no es un hogar ( Editorial Desvelo 2015, muchas editoriales) de Polly Adler, enfoca la frase a otra situación, pero siempre se vuelve a lo mismo: el uso de los recursos públicos, el placer y la buena vida para unos cuantos, los que detentan el presupuesto. El libro surgió de las memorias de la rusa emigrada a Estados Unidos en la época del crack y que después de sufrir agresiones sexuales de sus propio jefe, asumió su postura como madama y llegó a ser la más famosa de Estados Unidos. En la historia de esta mujer se ve la paradoja entre ser mujer y hombre en cualquier circunstancia. Polly que se distinguió además por ser una gran narradora y escribió varios libros, fue convocada doce veces por la instituciones de ese país que defendían la moral conservadora, pero su coterráneo, el armenio William Saroyan, que describió igual que ella la miseria a la que fue orillado por las clases pudientes del norte (Mi nombre es Aram) fue propuesto para ¡el premio Nobel! A ambos los leí a mediados de los años 60, cuando muy jovencita pude descubrir esa contradicción. El libro de Adler se convirtió en best seller no solo por el tema árido que trataba, sino porque exhibía la corrupción de los políticos y empresarios que gastaban el dinero público y de sus empresas en casas que no eran hogar, mientras afuera daban la cara por la doble moral conservadora en compañía de sus familias. Fue el emporio de Adler, una demostración de que en esa época convocaba más el vicio que las luchas legítimas. En su antro campeaban los jefes mafiosos, los más famosos actores y la droga y el alcohol pese a la prohibición. Los mismos jefes policiacos eran asiduos clientes. Su vida fue llevada al cine. La obra de casi 400 páginas no solo es una visión de lo que pasaba en esos entornos del vicio y el crimen estadounidenses mientras se fraguaba la Segunda Guerra Mundial, sino del lado humano y desolador de miles de mujeres que se prostituían porque había pocos asideros en esa sociedad de hipócritas. Polly murió en 1962 y hasta el final, con sentido del humor, estuvo recordando que su físico era parecido al de “la abuela Pata”, que había creado Disney…y que por ello triunfó.

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