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‘Yermo’ de Everardo González: la mirada de los desiertos distantes

 

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México, 1 Ago.- México, Mongolia, India, Estados Unidos, Perú, Islandia, Namibia, Marruecos y Chile; los espacios infinitos de los desiertos son la materia del más reciente documental de Everardo González (Los ladrones viejosCuates de AustraliaLa libertad del diablo); absorbente mirada de dunas, terracería, cuevas, páramos y caminos que parecen ir y venir entre la nada.

Pero no hay que engañarse: estos espacios, en apariencia inhóspitos, rebullen vida: flora y fauna que resisten a la intemperie, pero sobre todo personas: comunidades, familias, niñas y niños que celebran la rudeza de su entorno y logran hacerlo habitable, incluso gozoso.

Más allá de descripción etnográfica, Everardo González en Yermo invita a una reflexión sobre la mirada: al asumirse ajeno a los habitantes del desierto, crea un discurso sobre la extrañeza de estas vastas intimidades. Los desiertos del mundo se abren a la interpretación del documentalista. Y en Yermo, una de sus obras más personales, consigue incluir a todas las miradas que contemplamos, nos asombramos, indagamos sobre la lejanía y la sorpresa de los otros.

Yermo estrena el 12 de agosto en Cineteca Nacional y otras salas del circuito cultural mexicano.

¿En qué momento Yermo empieza a tomar una vida propia y a separarse del proyecto fotográfico «Tormenta de luz» de Alfredo de Stefano?

Tres años después de haber iniciado el proyecto de Alfredo. Él hace foto fija y quería un detrás de cámaras sobre su trabajo. Yo sentía que no estaba haciendo lo mío, porque la relación de un fotógrafo de paisaje es el paisaje y mi relación casi siempre es con las personas. Estaba filmando un escenario para Alfredo, me di cuenta que el material tenía potencial para otra cosa. Después de darle vueltas hablé con él para decirle que no me sentía capaz de hacer lo que él quería. Esperaba una negativa, porque le estaba diciendo a alguien que invirtió muchos años, que ese proyecto no estaba caminando del lado correcto.

Alfredo fue inteligente y accedió, entramos en coproducción para hacer Yermo, con una construcción más cinematográfica.

¿Hiciste Yermo en paralelo a La libertad del diablo? Te pregunto porque me parece complejo cambiar los tonos y orbitar estos dos espacios tan distintos.

Siempre he tenido proyectos simultáneos. La libertad del diablo iba en simultáneo con un cachito de Yermo y un cachito de El PasoYermo de alguna manera se volvía en un remanso. Físicamente fue demandante, pero era un aliviane de la presión de La libertad del diablo.

Por fortuna Yermo tenía mucha libertad, era un juego de escritura libre. El protagonista era un fotógrafo haciendo su trabajo. Yo me iba a los desiertos que Alfredo conseguía, me enteraba que iba a tal lugar pero no hacía la planificación porque no dependía de mí. Había ligereza y eso destraba la cabeza. Cuando  llega el punto en el que Alfredo acepta que esto sea Yermo ahora sí es el malabar, pero con intención firme de que se convierta en una película, mientras estaba cerrando otra. Es parte del juego de hacer documentales.

Pensamos en el desierto y es una lista de lugares comunes, lo extenso, lo árido, una relativa simpleza. Imagino que documental el desierto cambia esta percepción. 

Me sorprendía mucho la concepción que cierra la idea de Yermo: saber que todo desierto alguna vez fue mar; eso arrojaba posibilidades plásticas pero también discursivas. Hablaba de los ciclos de la tierra y los ciclos de la vida, que van de la mano de vivir en el desierto. Empecé a valorar la orografía, el clima, visité los montículos chamánicos o estuve en las zonas donde se generaron los primeros cultos. Me ofrecía posibilidades como el paso del tiempo, o concebir el tamaño de montañas hechas de arena y viento. Esto arroja imágenes que al momento de replicarlas no era muy consciente, era pura intuición y me dio un aire. No parece necesariamente una película mía pero sí es.

Como género, el documental suele plantear preguntas que después se van modificando, ¿cómo se modificaban en el caso de Yermo?

Entre Paloma López Carillo y yo intentamos centrar la forma de la película y no dejaba de ser un retrato etnográfico de los modos de vida. Al editar encontramos de qué se podría tratar: la gente hablaba de nosotros como cineastas o de mí, de mi presencia en el lugar, lo incómodo que puedo llegar a ser, los prejuicios con los que se sienten observados y lo distantes que somos. No me refiero sólo al término de documental, sino al cine que pretende cierto realismo. Eso se volvió la clave para crear un discurso más allá de la fascinación por la imagen. A simple vista puede ser una película de paisajes pero si miras con atención tiene guiños con los que significa ser un cineasta que interpreta la realidad.

Justo eso quería preguntar, ¿cómo se establece una relación que funcione entre el que filma y el que está siendo filmado?

Uno debe apelar al sentido común: asumirse como un intruso. Hay una falsedad en el cine observacional que pretende mostrar las cosas a través de una ventana, pero la presencia de una cámara transforma la vida de quien está siendo filmado, se convierte en un evento relevante y eso obliga a la interpretación. Nunca perdemos consciencia de estar siendo registrados, ni siquiera en una conversación. Esa es la base de la relación: permitirle al otro la interpretación, el otro pone los límites y se tienen que respetar.

En Yermo era complejo porque el rodaje era aceleraodo, sólo tenía el tiempo en el que Alfredo fotografiaba el paisaje, podía ser una hora o 20 minutos. Después subíamos al vehículo y volvíamos a recorrer un tramo largo. Yo use eso a favor de la película: al no lograr romper las distancias con las personas que grababa, hice de esa distancia la premisa de la película. Es una película llena de impericia e ignorancia desde mi lado, estaba tratando con gente de la que no sabía ni pronunciar a qué tribu pertenecía. Es una reflexión en torno a qué es el cine documental desde su origen, y a permitir que el otro se interprete frente a la cámara.

Después de entrevistar una decena de desiertos, ¿crees que haya algo que unifique realidades tan distintascomo lo que filmaste en Mongolia, en México o en Marruecos?

Los unifica que viven en una realidad que se les opone, es algo que ya intenté registrar en Cuates de Australia. El hecho de que existan pueblos nómadas en el siglo XXI habla mucho  de las condiciones que se le oponen al ser humano para establecerse, o lo cambiante que debe ser el ser humano según el entorno en el vive. En la cotidianidad se parecen muchísimo sus maneras de ganarse la vida, la dependencia que tienen con las bestias. Hay comunidades que dependen del pastoreo o las bestias de carga, y definitivamente de saber leer su entorno. Todos comparten una estufa al centro de la habitación, El espacio de la casa se vuelve un espacio de protección porque afuera está la nieve, las tormentas de arena o el calor extremo. Por eso crean entornos familiares con roles específicos, una relación muy clara de quiénes son las bestias y quienes son los hombres. No hay confusión y es una manera en la que me gusta ver la vida, siempre vivo confundido y busco un espacio donde no haya confusión. Esos grupos primitivos de alguna manera me provocan fascinación y me hacen sentir seguro.

El mundo se expande en tu filmografía, desde el interior de una pulquería en La canción del pulque, a regiones más amplias como Cuates de Australia La libertad del diablo, y ahora Yermo es la vastedad y variedad de una decena de desiertos. ¿Hacia donde tendría que ir la carrera de alguien que se ha expandido así?

Siempre habrá un ancla en el cine social. Lo que de alguna manera te va regalando el oficio es que vas subiendo el techo, no en términos de dimensión, sino de aligerar la carga de hacer una película. Uno va encontrando confianza en el material y la realidad. Algo que agradezco con el paso del tiempo, es que uno se va despojando de la presión del éxito y hay más juego para experimentar. Lo que sigue es probar cosas, aunque no pueda explicar a los productores qué busco y pierda el tiempo explicando. Se aligera la figura de cineasta, se vuelve más cotidiana. La gran lección para mí de Yermo es que siempre te terminas sorprendiendo: a veces uno espera mucho de una obra y no pasa nada, a veces esperas nada de un proyecto y se vuelve una película.

Norberto Gutiérrez

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