El Moulin Rouge.Caminando por las calles de Pigalle, uno de los barrios rojos más conocidos de Paris, mientras caminas entre aspirantes de pintores, borrachos, Mc Donalds y cruces verdes luminosas en paredes que señalan cierto tipo de "boticas", podemos distinguir una luz roja y las aspas de un molino que no dejan de moverse. Es "Le Bal du Moulin Rouge", en español: El Molino Rojo.
Un cabaret creado en 1889 por el español Joseph Oller, dentro de uno de los barrios más decadentes de la época, que ha pasado de ser un lugar de perdición al sitio más turístico y representativo de la vida nocturna de París. Es tal el furor y encanto que exhala que ha inspirado al menos 6 largometrajes en el último siglo, siendo el más reciente el dirigido por Baz Luhrmann en 2001, ganadora de un premio Oscar por mejor vestuario y escenografía. Sin embargo, aún distaba de ser tan espectacular como lo es este pequeño cabaret en la vida real.
Féerie es el nombre del espectáculo que ofrecen desde el año 2005, un musical con duración de 2 horas, con dos funciones por noche diariamente, que definitivamente ha redefinido el concepto de "performance" en la Ciudad Luz. Por lo anterior, han surgido varios lugares imitandolo, entre los más destacados: Lido, ubicado en la gran Champs Elysses. Incapaces todos de equiparar la tradición que respalda al gran Molino Rojo que ha compensado su locación, con la historia y mito del que se rodea.
Para accesar al Molino Rojo, es necesario de adquirir los boletos (con costo promedio de 150.00 euros por persona) muchas veces con anticipación; pasar, en el mejor de los casos 5 minutos para un fast track o 30 en un línea interminable sobre la acera en dirección de L´Etoile. La gente, en su mayoría turistas de edad adulta, arriba vestida con ropa formal y un brillo en los ojos que denota curiosidad y sorpresa, ésto es parte de la magia del Moulin, por una noche, los espectadores observan el exotismo y la belleza por la que siempre se ha caracterizado. Poco resta de aquel "antro de mala muerte" de finales del siglo XIX que era hogar de las más actrices fracasadas, prostitutas y hombres en busca de placer, desde estudiantes soñadores, hasta millonarios y embusteros.
La entrada es custodiada por un equipo de seguridad bastante imponente, hombres altos, la mayoría de color, de más de 2 metros de altura, forrados en traje negro con impecable camisa blanca y la corbata que delata más de 5 minutos de elaboración.
Franqueando la puerta, encontramos todo el tapiz en rojo, terciopelos, alfombras, tienda de souvenirs y un nuevo cerco en el que se aseguran de que no introduzcas cámaras de video o fotografía, el esplendor al interior es cuidado con el máximo sigilo.
El espectáculo comienza cuando te sientas en las mesas con capacidad para 8 personas, dos botellas de champagne en el centro y las luces encendidas. Los meseros se acercan al ver la mesa llena y comienzan a servir las copas con las que se acompaña el espectáculo, contrario a sus orígenes, lleno de elegancia y sofisticación.
Las luces se apagan, la gente siempre guarda silencio y voltea hacia el telón rojo al frente del recinto. Benvenue au Le Bal de Moulin Rouge se escucha en el fondo, se abre el telón y todo un espectáculo de plumas, lentejuelas, luces y mujeres con el torso descubierto comienza a bailar en un compás encantador. La belleza sigue reinando sin lugar a duda: hombres fornidos, mujeres esbeltas, es la entrada al paraíso a la que el espectador viene en busca.
El show se desarrolla siempre con coreografías limpias e implementos sorprendentes: una alberca que emerge del escenario en la que una bailarina danza envuelta de pitones reales, 20 ponnys caminando a lado de mujeres jinetes a medio vestir. Dos horas en las que mantener la boca cerrada es el verdadero logro.
El Can-Can, clímax de la noche, todos ataviados con vestuarios en los tonos de la bandera francesa, el rojo, blanco y azul dominan bajo las faldas que viven en el aire por las piruetas que realizan las bailarinas. Sin duda, el momento icónico del Molino.
Un par de números después, la misma canción de bienvenida, titulada Féerie, anuncia el fin del embeleso mientras unas escaleras elevan a todos sobre el escenario y parecen esconderlos sobre el techo.
Sonrisas, comentarios de sorpresa y un gran tumulto tratando de salir por la única puerta de acceso es con lo que concluye esta gran experiencia. Sin duda, totalmente recomendable, aunque no para todos los bolsillos, bien vale caer en el hechizo del lugar que ha hecho famoso el Can-Can y la deshinibición de la moral Francesa.
La Barra de Géneros y la Sección de Turismo se actualizan con información de alumnos de la Lenciatura de Comunicación de la Universidad La Salle; Universidad Iberoamericana y de la Licenciatura en Comunicación y del Diplomado de Periodismo Escrito Especializado en Promoción Turística. Campus FES. Acatlán, UNAM.
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