En México se actúa con impunidad en los distintos niveles de la sociedad y el gobierno, de eso no hay duda. De alguna manera, todos procedemos así. No hay un sitio y una actitud que no se ajuste a esa regla. Desde luego, hay actos que por su trascendencia son ejemplos claros de lo que es desenvolverse entre las actitudes que nos distinguen en ese sentido en nuestras acciones diarias. Y ello se ajusta a un reflejo muy preciso de nuestras actitudes frente a la sociedad.
¿Por qué lo digo? En primer término porque es necesario exacerbar los ánimos para obligar a un cambio de mentalidad y se dé un proceso de mutuo respeto para acabar con la cultura de lo impune. Para que en el país reine un verdadero imperio de la ley y el derecho, primero los ciudadanos debemos conducirnos dentro de un estado de respeto mutuo que no puede ser reglamentado más que por nuestra moral y conciencia. Precisamente ahí radica la dificultad.
Cómo podemos aspirar a erradicar la impunidad en nuestro país, si los ciudadanos somos los primeros que nos negamos a conducirnos fuera de ella. Por algún sentido -que aún no alcanzo a comprender- evadimos hasta las más elementales reglas del respeto al derecho ajeno y no acatamos prácticamente nada, a menos que se nos obligue, por ejemplo por la coacción de los cuerpos policíacos y de autoridades que se miden con la vara de la arbitrariedad.
Las muestras de lo que me refiero están por todas partes. En un crucero vial, cuando a bordo de nuestro automóvil pretendemos dar vuelta a la izquierda, mientras circulamos en el carril de la extrema derecha. O en el momento en que encendemos un cigarrillo en una área reservada a no fumadores, o le ofrecemos una dádiva a un servidor público para facilitar los trámites en alguna oficina pública. La lista de eventos de esa naturaleza es realmente interminable y nos llevaría a incluir todo tipo de actitudes. Desde las que adoptan comerciantes sin conciencia que elevan los precios de los productos, hasta otro tipo de profesionistas movidos por criterios personalistas que afectar el desarrollo de nuestra sociedad.
Así pues que primero tenemos que corregir muchas de nuestras actitudes personales para luego emprender campañas para acabar con la impunidad y el discurso político no quede sólo en una actitud demagógica, ni los buenos deseos de nuestros funcionarios de gobierno, sean simplemente eso. Buenos deseos. Los ciudadanos debemos poner la muestra a nuestras autoridades del tipo de comportamiento que necesitamos para que cada una de ellas en su ámbito de acción actúe para que la transformación sea en serio. ¿Será ello posible?
Desde luego que la impunidad tiene niveles, sobre todo si nos referimos a la prepotencia con que se conducen agentes y funcionarios de las corporaciones policiacas, con los que da sobrecogimiento cruzarse, sin tomar en cuenta la impunidad con que actúan grupos criminales organizados que lesionan sin miramientos a nuestra sociedad. Los crímenes en un alto porcentaje quedan sin una respuesta y mucho menos castigo para los culpables.
Causa indignación el darse cuenta que nadie hace nada por impedir que esta cultura continúe lesionándonos reiteradamente, pero más nos debe causar saber que somos nosotros mismos los que poco a poco la hemos propiciado, pues ¿cómo podemos exigir la honestidad a un agente de tránsito cuando somos los primeros en corromperlos o en intentar burlarlos? Ahí es donde está la médula y la substancia del asunto.
Es una cuestión de principios y hábitos no adquiridos. Asumir el propósito de un comportamiento ejemplar en todos los niveles es algo dificilísimo de lograr, pues de ser así los mexicanos seriamos autores de la sociedad perfecta y esa es una utopía francamente inalcanzable. Sin embargo, podemos obligarnos al empeño de ser cada vez mejores y respetuosos de la condición de quienes nos rodean para poder aspirar a una condición de comedimiento de nuestros semejantes y viceversa. Vale la pena probar, ¿no lo cree usted así?
La Barra de Géneros y la Sección de Turismo se actualizan con información de alumnos de la Lenciatura de Comunicación de la Universidad La Salle; Universidad Iberoamericana y de la Licenciatura en Comunicación y del Diplomado de Periodismo Escrito Especializado en Promoción Turística. Campus FES. Acatlán, UNAM.
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