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Once años al servicio de la verdad

Martes, 22 de mayo de 2012 | Año XI | Número: 4193
Directora General: Rocío Castellanos Rodríguez

Su adicción le costó quedar ciego

“Lenguaje del corazón, drogadictos en acción”. Así reza el letrero de un grupo 24 horas, en donde tengo la entrevista con Agustín Alvarado García, quien es el ejemplo típico de una persona que ha sufrido ya el embate asesino de los inhalantes, del thinner que le ha quemado el nervio óptico y desde hace 14 años vive con la desgracia de haber perdido la luz, por la ceguera de no decir “No a las drogas”.

Los domingos a las doce del día son las visitas familiares de los anexados en este centro, así que a esa hora tengo la cita y espero que me permitan la entrada. La reja se encuentra llena de cadenas y candados;y por si fuera poco, tienen algunos perros que al menor movimiento ladran con bravura.

Aparece el “Primero”, que así le llaman al encargado del lugar. Domina a los perros y abre la puerta, me regala una sonrisa y permite el acceso. Penetro a una amplia sala-comedor-cocina y tomo asiento. Observo el cuadro de un Cristo, pero no el que estamos acostumbrados a ver: al Santo cabizbajo, sangrante con la mirada apagada, sumiso y abnegado. ¡No!, este Jesús es guerrillero, porta las carrilleras para la batalla. Así es el Dios que ellos deben seguir, al de la lucha diaria por salirse de las drogas.

Tienen en un marco los doce pasos de doble A y las fotografías de los fundadores de esa organización, doctores Bob S. y Bill W. Y por ahí en un rincón, un atril de madera en donde pasan a dar testimonios.

Mientras hago antesala, encuentro con la mirada las leyendas: “Vive y deja vivir”, “Poco a poco se va lejos” y “Primero es lo primero”, obviamente todas ellas haciendo alusión a que con paciencia se puede llegar a evitar las drogas y el alcohol si así lo quieren ellos.

También hay un cuadro que he visto en varias partes, sobre todo en los carteles que anuncian el Simposium sobre la Neurosis. “Máscaras de enfermedad mental y emocional” como son la ira, celos, preocupación, ansiedad, temor, desesperación, resentimiento y conmiseración; todas las caras con el rictus de las características mencionadas

Parece ser un lugar frío, pero las plantas de sombra, los adornos navideños, el árbol y el nacimiento le dan la calidez de la temporada.

Tienen un patio grande con decoraciones alusivas al nacimiento de Jesús. Ahí se encuentran apiladas sillas plegadizas y de resina blanca, que nos hablan de la alegre celebración que tuvieron en la Navidad. Ponen un mostrador de cristal, venden a los visitantes refrescos, frituras, dulces, etcétera, con el fin de ayudarse económicamente.

Puedo ver también la cocina, con una estufa llena de ollas grandes, mucha fruta, kilos de tortillas empaquetadas y las despensas que llevan los familiares de los internos cada fin de semana.

Estoy sentada en una de las mesas del comedor, escojo la más chica para tener un poco de privacidad. Lo veo entrar despacio, guiándose con el bastón que le sirve de lazarillo, sube y baja dos escaloncitos con paso firme y seguro, con la habilidad de llevar 14 años sin luz en los ojos.

Agustín viste una playera blanca de cuello redondo, un pantalón de gabardina beige, doble chamarra de pana del mismo color, puedo leer en una de ellas “PEMEX” y porta unos cómodos tenis azul con blanco. Creí que por haber perdido la visión usaba lentes oscuros, pero no es así. Él tiene 40 años pero se ve más joven. Moreno, complexión esbelta, como de 1.58 de estatura, ojos cafés, nariz afilada, boca regular con labios delgados; carece de cabello, dice que pide el corte de “tapa plana”, me explica que tiene cicatrices en todo el cráneo por tantas riñas y caídas que ha recibido. Está de buen humor, sonríe.

Cuando escucha mi saludo, me da la mano y voltea a “mirarme” y tal pareciera que sus ojos logran verme. Su tío le lleva las tortas que le ha preparado su abuelita, ya que su madre falleció en el temblor de 1985. La bolsa está cerrada y él la abre con precisión y destreza. Se le ha desarrollado tanto el sentido del olfato que sabe qué esta comiendo. Toca un recipiente, lo destapa, lo huele y asegura que es ensalada de manzana, lo cual es verdad. Lo vuelve a cubrir y no lo toca.

Me invita una torta y le agradezco pero ya había desayunado. Comenta que casi no tiene hambre, sin embargo, se come dos de las tres tortas que le dieron. Toma el vaso de refresco con la certeza de saber donde esta. Envuelve en la bolsa de papel la torta restante y la guarda en otra de plástico para “al rato que le dé apetito”

Me pregunta que para qué es la entrevista, le contestó que es un trabajo escolar, y sin ningún problema se manifiesta con disponibilidad a responder.

Agustín Alvarado refiere que sí conocía las consecuencias que acarrean los inhalantes, que en el programa “Casos de la vida real” de Silvia Pinal, obtuvo información sobre el alcoholismo y drogadicción; y en el anuncio “’¡Di no a las drogas! Sin embargo, él pensó que eso no era cierto, que eran puras mentiras.

De repente siente mareos, baja presión, palpitaciones y dificultad para respirar; algunas veces tiene tos, diarrea, vómito, debilidad y lagunas mentales. Pero lo peor de todo, es que a los 26 años se le quemó el nervió óptico por tanto solvente. No se preocupó cuando dos meses antes de quedar sin vista veía borroso y con sombras o luces,

“Sentí coraje porque quería ver. Sólo coraje pero nunca lloré” Parece ser que Agustín no ha valorado hasta la fecha haber perdido uno de los sentidos más importantes; ilusoriamente, pese a que ya le han dicho que el daño en su vista es irreversible; él cree que sí puede recuperarse, pero lo hace con soberbia, con arrogancia, con ira. Y al hablar sobre ese sentimiento de cólera, su rostro enrojece y transforma para revivir ese gesto de furia.

Señala que cuando sus amigos están “chemando” a gusto, no falta qué cosa no les parezca, o se quitan el inhalante y empiezan a discutir o pelear físicamente. “Con todo y que estoy ciego, tiré a un amigo. Los dos estábamos tomados, lo agarré y lo pateé porque me quería quitar mi chamarra. Ya en el suelo, le tallé los ojos diciéndole ´para que sientas lo que se siente estar como yo´ “-agregó orgullosamente-. “De tan feo que le pegué, una señora dijo ´se me hace que sí ve el muchacho´ “. Y al recordar esa rencilla, su rostro se levanta con aire de triunfo, de que a pesar de todo, él es el ganador.

Respecto a las caídas que ha tenido, Agustín comentó que cuando probó la piedra se elevó, lo hizo caminar más rápido, chocó y se lastimó la quijada y la frente. En otra ocasión, perdió tanta sangre, al grado de que en la Cruz Roja ya lo daban por muerto.

Añadió que “soy el único en el grupo que está ciego, no puedo quitarme rápido, he estado a punto de caerme tres veces a la cisterna; lo peor de todo es que los compañeros se van a la sala a ver la tele, yo me aburro porque no la puedo mirar y los escucho que están riéndose divertidos”

Recuerda que inhaló el thinner a los 18 años, cuando trabajaba en una hojalatería. Luego probó el P.V.C. (limpiador para tubos con olor a cemento). Se daba sus “pericazos” con la piedra más el alcohol del 96. Después usó el FZ 10 (pegamento), el toloeno (llíquido para limpiar muebles), también fuma marihuana, pero prefiere el primer solvente.

Manifestó que usaba los inhalantes todo el tiempo (hasta en las noches) y sólo comía dos o tres cucharadas de alimento. En la actualidad aumentó la cantidad porque “ya casi no siento nada, me aviento mis submarinos (4 o 6 fumadas de marihuana sin sacar el humo y tomando mezcal)”. El organismo le pide un consumo más fuerte, abundó.

Destacó que ahora inhala directo de la botella, en vez de mojar estopa, tela o papel, porque se le despellejaban las manos; y al mostrarlas pude observar que efectivamente están sanas.

Agustín enfatizó, que a los jóvenes les diría que no se dejen caer al vicio porque pueden quedar sordos, mudos, sin pies o manos o ciegos como él. Que se miren en su espejo, pues él nunca creyó que le fuera a pasar algo.

Menciona que en el grupo “árbol de la vida” en Tlalnepantla, hay puros desahuciados como consecuencia de los diferentes tipos de drogas y alcohol, quienes ya sólo esperan morir. Al declarar lo anterior, su cara no muestra ningún arrepentimiento, a pesar de que dice que cuando está sobrio sí lo piensa, pero mientras “viaja” no le importa.

Afirmó que él casi nunca ha gastado para comprar los productos que consume. Taloneaba para adquirir algo; o cuando vagaba por las calles encontraba amigos que le invitaban o les pedía, o tomaba algún objeto de su casa para venderlo y allegarse las drogas.

Cabe mencionar, que Agustín fue un niño no planeado, su mamá lo tuvo sin casarse, por lo que siempre vivió en el seno de la familia materna. Siempre externó rechazó hacia los que intentaban prodigarle cariño. En su niñez, los compañeros no lo aceptaban por su liderazgo, entonces él se burlaba de ellos con una risa sarcástica y se aislaba.

Terminó la educación primaria, pero no por méritos propios, sino porque la directora le entregó el certificado para que pudiera encontrar un trabajo. Lo inscribieron a la secundaria, pero no asistía. Luego en una técnica para que aprendiera un oficio, pero tampoco funcionó. El empezaba a juntarse con amigos más grandes, ingería alcohol y cerveza a los diez años. De plano ya no quiso ir a ningún colegio y se refugió con sus amigos en la calle. Su madre lo buscaba en las esquinas, pero él nunca la escuchó. Después siguió con charanda, caña, mezcal, alcohol del 96 hasta llegar a todo tipo de solventes; sobre todo su preferido, el thinner, el inhalante fatal que lo ha dejado sin luz irremediablemente.

Finalmente, a pesar de que ha permanecido en varios centros de rehabilitación, Agustín no quiere dejar la adicción, destaca que es una obsesión irrefrenable. Ahora ha perdido la vista, después quién sabe qué otra consecuencia fatal tendrá. Nunca mostró dolor o tristeza, simplemente acepta que por los solventes, ya no verá jamás.

Le doy las gracias por su cooperación y me despido. Él se levanta y camina con firmeza, pues ya conoce bien el camino.

 

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La Barra de Géneros y la Sección de Turismo se actualizan con información de alumnos de la Lenciatura de Comunicación de la Universidad La Salle; Universidad Iberoamericana y de la Licenciatura en Comunicación y del Diplomado de Periodismo Escrito Especializado en Promoción Turística. Campus FES. Acatlán, UNAM. 

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