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Cárceles, alta escuela para secuestradores."México es un país cada vez con más miedo" sentencia Humberto Padgett en Jauría. La verdadera historia del secuestro en México, libro en el que descubre las investigaciones que realizó durante más de dos años y que incluyeron un centenar de expedientes judiciales de secuestradores con miles de declaraciones de los secuestradores, de las víctimas, de los testigos, de policías, casi un centenar de solicitudes de acceso a la información; bases de datos y, por supuesto, entrevistas que hizo a funcionarios, exfuncionarios, víctimas y secuestradores.Poco es nuevo en materia de secuestro, aunque quizá lo es la proliferación de esa industria en el país, ya que al menos durante las últimas cuatro décadas, la violencia del plagio ha existido en México y los plagiados han sido asesinados, además de violados sexualmente y torturados, a pesar de que sus familiares han pagado los rescates.
Aunque Padgett no lo precisa como algo nuevo, pero sí lo menciona en el relato "Alice y Fernando. La Revolución del Secuestro", lo nuevo, desde mi perspectiva, son los cambios en las características del secuestro y de los secuestradores.
En las décadas de 1960 y 1970, fueron los grupos guerrilleros los que secuestraron a figuras políticas y empresariales con propósitos no sólo económicos sino también propagandísticos, entre ellos Julio Hirschfeld Almada, director de Aeropuertos y Servicios Auxiliares, en septiembre de 1971, por el Frente Urbano Zapatista; el del entonces candidato a gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa, en mayo de 1974, por miembros de la Brigada Campesina de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres, y el intento de secuestro a Margarita López Portillo, en agosto de 1976, por la Liga Comunista 23 de Septiembre.
En los 80s, exagentes de la Dirección Federal de Seguridad, del Servicio Secreto del DF, de la Dirección de Investigaciones para la Prevención del Delito, entre otras corporaciones policiacas, cambiaron la tortura como método para obtener información, a la tortura como medio de extorsión contra familiares de personas que secuestraban y la siguiente "gran oleada", ocurrió en la década de 1990, conocida como la época de los macrosecuestros, por los plagios de larga duración y las demandas de montos sin precedentes en los rescates.
Así, en esta trayectoria llegamos al nuevo siglo, con secuestradores que ahora combinan "los levantones" con el narcotráfico, que gozan de alta protección policiaca, con grupos que antes eran antisecuestro y que hoy son secuestradores; en fin, a un esquema de delincuencia organizada, pero de grupos independientes que no le reportan a una sola organización o a una persona en particular, y que cohabitan en las mismas regiones geográficas. Como precisa Padgett, cada banda tiene su huella digital: la forma de hacer las intercepciones y de establecer comunicación con las familias, en función del sitio donde hacen el secuestro; el personal utilizado, el ejercicio de la violencia, la actitud durante el proceso de negociación y la liberación de la víctima... Todos éstos son los elementos que actualmente conforman el perfil de las organizaciones delictivas que no han dejado de proliferar en el país.
Jauría. La verdadera historia del secuestro en México es un libro de casi 500 páginas en las que Padgett da elementos a especialistas de diversas áreas para seguir líneas de investigación, a las autoridades para actuar de manera certera en su lucha contra el crimen organizado y a la sociedad, que hoy presencia, perpleja e impotente, un ascenso impresionante de acciones violentas que se suceden a todos los niveles y que la lleva a ese sentimiento de la "pérdida del sentido de la vida" que Víctor Frank señaló "no está sólo en el fondo de una psicosis, sino también en el fondo de una neurosis colectiva" y que Padgett resume en un "México cada vez con más miedo".
En la lectura de JAURÍA encontré que Humberto Padgett hace un intenso trabajo para mostrarnos quiénes son los secuestradores: sus historias de vida, su infancia, su juventud, sus inicios en actos delictivos que posteriormente les permiten encontrar que el secuestro será su forma de vida, sin importarles nada... Son muchos de ellos, según peritos psiquiatras, sociópatas narcisistas:
Cito a Padgett en el capítulo "Arizmendi según Daniel" "... El último procedimiento de mi oficio definitivo lo conocí en la memoria de la mano ensangrentada de un tío, herida por el vidrio de una botella rota de cerveza: corrió al patio e incendió un pedazo de estopa, despidió la flama de un soplido y la apretó contra el manantial rojo. Dejó de escurrir sangre antes que terminara de gritar. Por eso, cuando yo llevé por primera vez una tijera hecha para destazar pollos a la oreja de algún hombre, con mi hermano Aurelio arrodillado en su pecho, hice fuego un pedazo de trapo y lo puse contra su cabeza. Ese fue mi bautismo. Ese día dejé de ser un Daniel cualquiera, un Arizmendi como los demás. Ese día nació el Mochaorejas".
Resume que existen tres ambientes óptimos para la creación de una banda del crimen organizado: la familia, la policía y la prisión. En los cientos de expedientes policiacos consultados que el autor toma para dar forma a los capítulos de JAURÍA, encontré cómo los secuestradores involucran a sus madres, hermanos, esposas, hijos, amantes, que por cierto la mayoría tienen más de dos.
Tal es el caso de los diez hermanos Montante que operaba con el apoyo y la complicidad de sus familias: Juan Carlos "el Loco" capitaneó a sus hermanos libres y al resto de la banda que no fue capturada, entre ellos "el Pitas" y Rosario Pérez Pérez "la Pelos", amante de Martín Eduardo, "el Rocky", una mujer en sus veinte años que abandonó su casa a los 15 ó 16" y cuya función en la banda era cuidar a las víctimas y darles de comer. El mismo Rocky también incluyó en la cuadrilla a su esposa, Leticia Aguilera, quien trabajaba en la Central de Abastos y obtenía información de comerciantes prospectos de ser secuestrados.
En todas las historias de secuestradores y secuestros, la constante es el segundo ambiente óptimo que menciona el autor para que se creen y proliferen las bandas: la policía. Como el caso de Marcos Tinoco Gancedo "el Coronel", quien aseguró que él, Daniel Arizmendi y Andrés Caletri, tres de los principales delincuentes que dieron forma a la actual industria del secuestro, habían gozado de la protección por pago del comandante Alberto Pliego Fuentes, y el de Alfredo Ríos Galeana, Eduardo Rosey Lara y Leonardo Montiel Ruiz, acusados de homicidio, robo, asociación delictuosa, daño en propiedad ajena, acopio de armas prohibidas, entre otros, presos en la cárcel de Pachuca, de la que escaparon en diciembre de 1981, después de "comprar" la ayuda no sólo de los guardias de seguridad del penal, sino también del juez segundo de lo penal en Hidalgo.
Sobre la prisión, es del dominio público que son los mejores lugares para aprender y perfeccionarse en el delito y en su libro Humberto Padgett lo demuestra al relatar todos los nexos que los secuestradores hicieron en los penales para formar nuevas organizaciones delictivas o incluir en sus filas a nuevos compañeros con habilidades que ponían en práctica una vez que se fugaban o incluso dentro de las mismas cárceles.
Un informe elaborado en 2008 por la Procuraduría General de la República, en el que se señala que "... desafortunadamente, los grupos delictivos orientados al secuestro también han crecido en los últimos años, ya que miembros de bandas delictivas han salido de prisión y han reactivado células operativas apoyadas en los que permanecen en la cárcel, integrantes o exintegrantes de corporaciones policiales privadas o públicas y personas que les pasan información de las actividades económicas de quienes son potencialmente secuestrables. Estos grupos tienen fines y objetivos primordialmente económicos. Usualmente buscan obtener ganancias con estas actividades ilícitas, actuando por lo general con células establecidas en una o varias entidades federativas, detectándose incluso que muchas se dirigen desde el interior de centros de reclusión".
Quiero concluir con un llamado que nos involucra a todos. Ernesto Medina, jefe antisecuestros de la PGR en la década de 1990 afirma que "el secuestro es un fenómeno controlable" y explica que "el último botín por secuestro encontrado fue en 1998, cuando él estaba en la Unidad Especializada contra la Delincuencia Organizada- fue el de Arizmendi. Aseguramos -dice- siete millones y medio de dólares en efectivo más 18 casas. ¿Por qué no han encontrado más botines? -se pregunta y responde- Porque los policías se los chingan. Y esto produce el fenómeno de administración del secuestro. Mientras la prensa y los grupos sociales no presionen por la ubicación de los botines, este negocio no terminará".
La Barra de Géneros y la Sección de Turismo se actualizan con información de alumnos de la Lenciatura de Comunicación de la Universidad La Salle; Universidad Iberoamericana y de la Licenciatura en Comunicación y del Diplomado de Periodismo Escrito Especializado en Promoción Turística. Campus FES. Acatlán, UNAM.
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