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Once años al servicio de la verdad

Miércoles, 23 de mayo de 2012 | Año XI | Número: 4194
Directora General: Rocío Castellanos Rodríguez

¿Que rayos es borracear?

Una vez más en vuelo recto y nivelado después del despegue a la salida de Puerto Escondido, y siguiendo la línea de costa, recuerdo claramente el actuar de mi instructor al tiempo de una sola palabra indicativa: "¡Mío!".

No era otra cosa más que la instrucción de que Javier Delgadillo, mi instructor de vuelo, tomaba absoluto control del avión. En palabras simples, a partir de ese momento era él quien llevaba el vuelo. Unos cuantos movimientos bien definidos y precisos, así como unos cambios en la frecuencia de los radares de navegación para no ser detectados, fueron suficientes para imponerse como el de las habilidades y conocimientos al timón de la aeronave.

De ahí, sólo fue descender y descender desde los 4,000 pies de altura - alrededor de unos 1,200 metros - hasta el punto de volar a no más de diez metros sobre el terreno. Aquella experiencia tan contada de borracear era lo que por fin estaba viviendo.

Era impactante sentir que las llantas del avión chocarían con el reventar de las olas de tan bajo que volábamos. Ya se me hacía que una de las llantas no retráctiles iban a chocar con el reventar de una ola haciéndonos estrellar en el agua dando piruetas. De hecho, sentía que era yo el que en realidad volaba sobre el agua mientras que mi instructor volaba sobre la arena. A pesar de lo chico de la cabina, íbamos volando justo en el punto medio entre la arena y el mar.

Alguno que otro aventurado en medio de la nada que exploraba aquellas playas vírgenes nos saludaba tratando de no ser aventados por el avión. De frente, una roca inmensa de esas que cortan la orilla del mar. La roca se acercaba y se acercaba elevando la adrenalina, cuando de pronto, un levantón y viraje a la derecha como si fuéramos pilotos de cualquier título de película Hollywoodense fueron suficientes para evitar la roca. Fue llevar a la vida real la experiencia de ver un documental de naturaleza mágica en tercera dimensión.

En un instante, ya estábamos sobre un manglar justo al lado del mar. En vez del océano, ahora volábamos sobre ojos de agua espejeantes rodeados de árboles. En dirección a la costa, en dirección contraria, para todos lados, volábamos apenas a unos cuantos metros sobre el terreno virgen de forrajes verdes con caminos de agua dulce por un lado, la playa de arena con rocas por otro, y el mar hasta la infinidad.

Después de emociones y sensaciones exaltadas por un vuelo que me había llevado al éxtasis, súbitamente fue como regresar a la realidad. El Capitán Delgadillo inició el ascenso para recuperar nuestra altitud inicial. Sintonizó las frecuencias de manera correcta y todo terminó. "¡Tuyo!"

He de confesar que el despegue siempre ha sido mi parte favorita llena de adrenalina y... sí, de poder, ¿por qué no decirlo? Incluso como pasajero, me resulta  un momento sumamente fuerte al estar arriba del avión al inicio de la pista esperando la autorización de la torre de control para después "meter toda la chancla", según se dice en el argot de pilotos.

Sí, como piloto en esos tiempos, era el momento entonces de sentir fuertemente todo el poder llevando el avión a su máxima aceleración. De la estática en espera y al pendiente, era pasar al rodaje del avión sobre la pista desde un inicio lento hasta un recorrido acelerado sólo para jalar un poco el timón y sentir que poco a poco se elevaba el aparato.

En este caso, la pista de Puerto Escondido se encontraba transversal a la línea de costa. Mientras disfrutaba el despegue y realizaba los procedimientos propios del mismo momento, disfrutaba de la vista al mar que, entre más altura y distancia recorridas, más se disfrutaba.

Era justo cuando lo que yo conocía como éxtasis, aparentemente había terminado al llegar a la altitud deseada para nuestro vuelo en ruta de regreso a Acapulco. Pero lo que no sabía, era el verdadero clímax que apenas iba a empezar. Y fue cuando todo comenzó. No daba crédito a los maravillosos paisajes con un subibaja de sensaciones y emociones arriba del avión como quien disfruta de la emoción  en un juego mecánico. Eso sí fue otro nivel de experiencia.

Y es que el vuelo de ida a Puerto Escondido como parte de la lección de ese día, había sido completamente igual que en otras ocasiones. Quizá la pequeña diferencia era que en vez de recorrer apenas unas cuantas millas sobre la costa saliendo de Acapulco para permanecer en el área de prácticas, esta vez era seguir un vuelo de ruta completo hasta llegar a un destino específico. En este caso era precisamente Puerto Escondido, en Oaxaca.

Realmente durante este primer trayecto no había habido grandes experiencias más allá de algunas lecciones por parte de mi instructor. Lo más que sucedió fue una breve explicación sobre el litoral virgen que íbamos sobrevolando, sin saber que iba a ser el mismo de la gran aventura. ¡Vaya, qué iba yo a imaginar!

Irónicamente, en esos paraísos terrenales de contraste en los que durante la ida me había preguntado sobre cómo serían las grandes experiencias que otros compañeros platicaban sobre sus vuelos en ruta, fue que a la salida de Puerto se dio el intrigante borraceo que yo tanto anhelaba.

En definitiva, este vuelo no fue rutinario de despegue, prácticas y aterrizaje. Por el contrario, este vuelo rompió sin duda con todos los esquemas. Fue el famoso borraceo sobre la costa virgen de Oaxaca. Desde entonces, sigue posicionada como una de las máximas experiencias de mi vida.

 

 

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La Barra de Géneros y la Sección de Turismo se actualizan con información de alumnos de la Lenciatura de Comunicación de la Universidad La Salle; Universidad Iberoamericana y de la Licenciatura en Comunicación y del Diplomado de Periodismo Escrito Especializado en Promoción Turística. Campus FES. Acatlán, UNAM. 

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