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Once años al servicio de la verdad

Lunes, 21 de mayo de 2012 | Año XI | Número: 4192
Directora General: Rocío Castellanos Rodríguez

El metal renovado de la doncella de hierro

Tras cuatro años sin material inédito, la banda británica de heavy metal Iron Maiden regresa a la escena musical con un nuevo disco bajo el brazo: The Final Frontier (EMI, 2010). En el presente trabajo, grabado en los estudios Compass Point de Nassau (Bahamas) y producido por Kevin Shirley y Steve Harris -bajista de la banda- tratan de reinventarse aunque sin traicionar su estilo.

La fórmula de esta banda -caracterizada por una base musical sencilla y letras que abordan diversas mitologías- ya está más que probada, por eso lo único que puede esperarse es la calidad del trabajo y no el factor sorpresa, aunque a lo largo de los diez temas que componen el álbum se aprecia un sonido más contemporáneo, con guitarras poderosas y experimentando con géneros como el metal progresivo y el uso de teclados.

Las canciones serán más recordadas que las de su anterior trabajo, A matter of life and death (EMI, 2006), porque retoman los coros pegajosos. El tema que abre el disco, Satellite 15... The final frontier, suena a metal progresivo y parece ser Dream Theater y no Iron Maiden quien toca; pero después de cuatro minutos hay una falta de cohesión, ya que tras una pausa el tiempo restante es prácticamente otra canción, la cual sí posee las características de la música de  La Doncella de Hierro.

Este intento de hacer un metal más elaborado técnicamente no les favorece ya que para hacer metal progresivo no basta con hacer canciones con partes instrumentales tan largas y con un solo ritmo, porque una característica de este género son los constantes cambios de ritmo en el transcurso de las rolas.

Conforme pasan los tracks se va identificando el sonido característico de Maiden; sin embargo dejan la impresión de que les falta velocidad porque los acordes quedan incompletos, haciendo las canciones más lentas y lejos de llegar a la explosividad que poseen sus dos obras maestras: The number of the beast (1982) y Powerslave (1984).

Canciones como Mother of mercy y The Talisman, recuerdan el sonido tétrico de las guitarras del Brave New World (2000); en la segunda resalta su intro influenciado por la música renacentista.

En cuanto a la técnica, la voz de Bruce Dickinson suena poderosa, como hace mucho no ocurría; la batería de Nicko McBrain cuenta con ese sonido atronador que no se escuchaba desde sus álbumes de los años 80's. Los guitarristas Gers, Murray y Smith tomaron una postura minimalista con el afán de obtener un sonido más limpio, algo que les perjudica porque alteran el sonido distintivo de la banda, en el cual se distinguían los riffs de cada guitarra y el intercambio de solos; si no fuera por la voz de Dickinson, pensaríamos que se trata de otra banda.

Otro cambio es la duración de las canciones, pues comúnmente sus tenían un promedio de entre cuatro y siete minutos, pero esta vez abusan de los temas largos, de nueve hasta once minutos (tendencia común en el rock progresivo), que aunado a la falta de dinamismo de las mismas, causa la sensación de aburrimiento, como si el disco durara más de una hora.

El álbum aumenta su intensidad con el paso de los minutos, llegando al clímax con The man would be King y Whe the wild wind blows. En la primera aparece el sutil sonido de un teclado que da un toque lúgubre a la canción, recordando a Fear of the dark del disco homónimo (1992). La segunda cierra el disco a todo lo que da, proporcionando un final épico que recuerda a Rime of the ancient mariner (Powerslave), una canción de 15 minutos que es su mejor manifestación de progresivo gracias a que los cambios de ritmo sí tienen cohesión, haciéndola dinámica.

Ambas resultan las más explosivas del disco, pero cuando se espera escuchar a un Iron Maiden en plenitud y tocando con la energía de sus presentaciones en vivo, queda la sensación de que les faltó intensidad, pues cuando se espera que venga otro tema con más ímpetu que los anteriores, el disco llegó a su fin.

Hay bandas que nunca deben cambiar y Iron Maiden es una de ellas. Trabajar tanto en la producción de un disco con el objetivo de sonar frescos y obtener un mejor sonido no es para ellos, ya que su música ha trascendido generaciones y sigue vigente. The final frontier es un intento de renovación apoyado en nuevos géneros e instrumentos no usados anteriormente, pero a fin de cuentas siguen sonando igual porque no se arriesgaron a incluir esos nuevos elementos en todas las canciones. Lo único que consiguen es que su disco no suene ochentero, que sea más actual: han entrado al siglo XXI.

 

 

 

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