Cada nación, además de sus mitos y leyendas de formación, posee un panteón de héroes de carne y hueso que han forjado su historia. En este espacio, tomando como inspiración el curso "Vergüenza de los héroes. Realidad y Mitología del panteón nacional", impartido por el Dr. Vicente Quirarte, recordaremos algunos personajes, presentados a través de dicotomías, cuyos actos humanos y extraordinarios son piezas del gran rompecabezas que es nuestro país. Veamos pues, a los primeros, cuya lucha significó los iniciales dolores del parto...
Cuauhtémoc y Cortés
Sus apelativos más nombrados comienzan en castellano con "c", y ambos, al igual que Héctor y Aquiles en la epopeya homérica, defendían su causa con valor. José Luis Gallegos, estudiante de la licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública en la UNAM, se cuestiona, bajo las premisas de Miguel León Portilla y José Vasconcelos (acerca de "la voz de los vencidos" y de que "los héroes son los vencedores"), ¿a quiénes debemos considerar como nuestros héroes en la etapa naciente de la nación mexicana, "si somos al mismo tiempo vencedores y vencidos"?
La pregunta lanza una interesante reflexión acerca de la identidad mexicana, más allá de la adhesión a cualquiera de los dos bandos, pues, en efecto, los que vivimos actualmente en estas tierras, somos descendientes de ambas sangres y conformados por ellas, no sólo en características físicas, sino en las costumbres, ritos y tradiciones que conforman nuestra cultura.
Realizando de nuevo el paragón con la Ilíada, se considera gran hazaña la victoria griega (los vencedores), más no por ello deja de tener menos mérito la defensa de Troya. En este caso, la heroicidad no depende en absoluto de "ganar" o "perder" sino de las tareas colosales, y ambos bandos son héroes; más esto se aprecia mejor como observadores o lectores externos, que desde dentro, implicados en la historia.
De acuerdo al Doctor Vicente Quirarte, la conquista de México puede ser considerada como una hazaña extraordinaria... que marcó el doloroso nacimiento del México de hoy.
En "Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España" -por ejemplo- aunque Bernal Díaz del Castillo represente el punto de vista de un solo bando, se describe tanto el valor, inteligencia y arrojo de Cortés, como la nobleza, valentía y dignidad de Cuauhtémoc.
De esta manera, no obstante que el grupo del cronista haya venido a conquistar las tierras que pisaba, por la fuerza, éste no deja de reconocer la grandeza del Imperio Azteca, y el difícil encuentro del que resultaría una nación posterior, retratando a los protagonistas como seres humanos, con momentos de miedo, arrebato, ira o ambiciones, sin que por ello su heroicidad resulte menor, dado que las tareas que les tocan resolver, son, en efecto, colosales.
Desde un relato interior, podemos comprender tanto el ingenio bélico de Hernán Cortés -que en ocasiones llega a tener incluso tintes diplomático-políticos al estilo de un Ulises griego-, como la férrea defensa que hiciera Cuauhtémoc de su Imperio, con un arrojo digno de Héctor en Troya, con la causa legítima de salvaguardar su tierra.
Y esta es una historia humana, llena de vicisitudes: El joven tlatoani cumplió meritoriamente con el papel que le tocó en el escenario real de un 1521, e incluso Cortés lo reconoció (aunque más adelante lo terminaría condenando a muerte). Escuchemos sus voces en el testimonio de Bernal, cuando "El Águila que desciende" fue apresado:
Cuauhtémoc: "Ya he hecho lo que soy obligado en defensa de mi ciudad y vasallos, y no puedo más, vengo por la fuerza y preso ante tu persona y poder, toma ese puñal que tienes en el cinto y mátame con él".
Cortés: "Por haber sido tan valiente y volver por tu ciudad ahora tengo en mucho más tu persona, no eres digno de culpa alguna, antes se te ha de tener a bien que a mal lo que has hecho. Lo que yo deseaba era que antes de que hubiese tanta destrucción en la ciudad y muerte de tus mexicanos vinieras de paz, pero ya es pasado lo uno y lo otro, no hay remedio ni enmienda. Descanse tu corazón..."
Nos queda claro que así era la guerra... rivales de guerra, en un trágico destino. Para Cuauhtémoc, en efecto, hubiese sido indigno "venir de paz", es decir, rendirse, y en ello Cortés reconocía más bien que mal, pues era honroso que hubiese actuado así, aún en contra de los deseos del "conquistador". ¿Habría honor en la beligerancia en ese entonces? Al menos en este texto como dos caballeros se encuentran a pesar de las muchas muertes, tretas y estrategias de combate anteriores.
¿Más qué pasó luego con la quema de pies de Cuauhtémoc, en el episodio que todos conocemos? ¡Más resistencia moral! Aunque vencido, el tlatoani conservó su heroicidad, prueba de que el jaque mate no descalifica al héroe, que ha hecho todo lo posible por cumplir en su vida, con la tarea que le ha tocado.
Eso, cumplir nuestro papel con dignidad y valentía, en nuestro propio tiempo y contexto, es algo esencial que podemos aprender de esta historia, más en el desarrollo de nuestra nación, hay aún más implicaciones del encuentro entre las dos "C":
En ese entonces, México ya existía, como un imperio, que dominaba la mayor parte de Mesoamérica, teniendo entre sus tributarios a varias ciudades y poblaciones. No obstante la otra aportación, sin la cual nuestro mapa actual no existiría, fue conformada por las conquistas españolas posteriores (que incluyeron también partes del territorio norteamericano y centroamericano). Fue un proceso que devastó, al tiempo que unificó no sólo miles de kilómetros, sino miles de almas, por la fuerza o por la cruz, o por ambas.
En este sentido procesal, la visión de los vencidos (la otra parte), es testimonio de mucho dolor; tanto, que es fácil victimizarnos (o victimizar a la mitad nuestra). Aunque Cortés tuviese el ingenio en la guerra -en la que el dolor y la muerte es inevitable-, se supone que posterior a ella debía prevalecer la paz... y ésta se transformó en un lento genocidio a través del hambre, explotación, enfermedades, y violación de garantías individuales (que aún no existían en papel) de los habitantes originarios de México (lo cual fue denunciado varias veces por Fray Bartolomé de las Casas y otros testigos).
Es así como ya no hablamos de Cuauhtémoc y Cortés como personas individuales, sino como ejes motores de la historia y de todo lo que sus acciones implicaron en cuanto a consecuencias. De Cuauhtémoc, la obligatoria y digna resistencia. De Cortés, la perseverancia, hasta resultar vencedor. Y de nuevo la pregunta, ¿cómo identificarnos con alguno de ellos, más allá de ideologías, si poseemos ambas sangres, ambas historias en la memoria colectiva? Más ni víctimas ni victimarios, sino en medio, con inteligentes grises, como hijos suyos, resultado de una lucha que terminó por ser sincrética.
Cuauhtémoc nos heredó el nombre de México, el cual prevaleció mejor que el de Troya en un poema, pues es el actual nominativo de una nación viva; mientras que Hernán Cortés comenzó a unificar -lamentablemente a través de las armas-parte de nuestra actual identidad, naciendo así un segundo México, con el antecedente de una Nueva España que mezcló valores y tradiciones en una cultura mestiza.
El arte, por ejemplo, asimiló muy bien esta experiencia, haciéndola plausible en una variedad de hermosas manifestaciones, fue la parte bella del encuentro que fusionó a dos culturas en su canto, baile, pintura, arquitectura, gastronomía...
Fue un parto difícil, más no por eso debiéramos ser ahora infelices. Un pueblo o nación, de acuerdo a la opinión del comunicólogo Luis Fernando Prado "necesita evolucionar y ser responsable para llegar a ser madura". Y esto lo podemos comparar con una persona en el proceso de ser adulta. Al inicio, culpamos a nuestros padres de lo que somos, pero después, es necesario integrar el pasado y usarlo como motor, no como lastre.
Un pueblo vuelve a nacer, voluntariamente, y por sí mismo -al igual que una persona-, cuando rescatando lo valioso de su herencia tangible e intangible, comprende el pasado (con su dolor, riqueza y vicisitudes) y asienta sus pies para actuar en el presente con miras a un futuro mejor, siendo protagonista de su propia historia.
En el siguiente texto, veremos cómo esta nación creció y quiso entonces ser independiente, analizándola bajo una nueva dicotomía de estilos: Hidalgo e Iturbide. Hasta la próxima...
Ratos de solaz...
Pocos saben que, si bien Cuauhtémoc siempre luchó contra Cortés, una escena de muy diferente índole se vivió por aquellos tiempos en el palacio de Axayácatl, cuando Moctezuma Xocoyotzin se encontraba preso por los españoles, pues en las largas horas de encierro, se ponían a jugar al "totoloque", un juego azteca de destreza, compitiendo Moctezuma con un sobrino suyo en un bando, y Hernán Cortés con Pedro de Alvarado en el otro. Realizaban apuestas, y Moctezuma tachaba a Alvarado de tramposo -pues sí lo era- y terminaban todos riendo. Jugar en medio de la emergencia para pasar el rato... Somos, a fin de cuentas, humanos.
*Próximas columnas:
2.- De Hidalgo a Iturbide
3.- Santa Anna, ¿héroe o antihéroe?
4.- Benito y "Maxi"
5.- Porfirio y Emiliano
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