En la anterior columna vimos cómo la República fue salvada, más dejó como herencia una bomba de tiempo en materia agraria: la desamortización del ejido, a fin de ser parcelado por particulares. De manera irónica, el argumento de que muchas personas no podían "ser dueñas" una gran extensión de tierra, dio lugar a que una sola -con el poder económico necesario- la poseyera: los ricos hacendados. Los antiguos propietarios entonces, tenían que contratarse como jornaleros, y las ganancias que producían ya no eran suyas.
De tal situación derivó un nuevo argumento lógico: "La tierra es de quien la trabaja", propuesto por Emiliano Zapata, uno de los héroes que recordaremos en estas líneas, además de varios actores del movimiento, como Francisco Villa, Francisco I Madero, Venustiano Carranza, Álvaro Obregón; y, del lado de los "villanos", Porfirio Díaz y Victoriano Huerta.
Comencemos la historia con Porfirio Díaz, antiguo héroe de la intervención francesa, quien después de la muerte de Benito Juárez y el golpe de estado a Sebastián Lerdo de Tejada, se convierte en presidente del país. A pesar de su frase "sufragio efectivo no reelección" que sostenía al enemistarse con Benito (porque éste, al terminar su periodo volvía a postularse), observa que la reelección resulta una maniobra muy práctica aplicada ahora a su persona: Porfirio se considera el único capaz de mantener a México en el orden y el progreso (su nuevo lema).
Este orden y progreso se cumplió, pues desarrolló la industria y las comunicaciones, pero la paz y el crecimiento económico, eran mantenidos por las represiones de cualquier intento de guerrilla justiciera (como la de los Yaquis, a quienes vendió como esclavos a Yucatán), y la explotación al pueblo. En consecuencia, la mayor parte de la población vivía en pésimas condiciones, cercanas a la esclavitud, mientras que unos cuantos obtenían los beneficios.
En este contexto, se unen tres revoluciones políticas: la de Francisco I Madero, que busca que Porfirio Díaz ya no se reeleccione; y las de Pancho Villa y Emiliano Zapata, cuyo objetivo es el reparto de las tierras a los campesinos, además de la educación y la justicia.
Si no hubiese habido traiciones ni entro metimientos, después de un año de lucha, la revolución hubiese resultado exitosa, porque Porfirio Díaz se rindió y autoexilió en 1911, quedando en su lugar -después de un breve período de presidencia interina de León de la Parra- el anhelado jefe por el que había luchado el movimiento: Francisco I Madero. Pero la historia no sería así de sencilla...
Madero, cuyo origen era terrateniente, no juzgó prioritario dar respuesta a la demanda de los campesinos e intentó darle una hacienda a Zapata, para "apaciguarlo". Éste le dijo que no había peleado para "ser rico", sino por la justicia social, así que la revolución no terminaba. En consecuencia, Emiliano proclamó el Plan de Ayala -que lo desconocía como presidente- y continuó la rebelión.
Al error del ahora ejecutivo de la nación y su actuación timorata, se sumó el entro metimiento del embajador de Estados Unidos Henry Lane Wilson, quien apoyó a Victoriano huerta (general que luchaba del lado de Madero contra Zapata después de la ruptura), para traicionar al mandatario mediante un golpe de estado en 1913, que colocó a Huerta en la presidencia, ejerciendo una dictadura militar y suprimiendo la libertad de prensa. Francisco I. Madero, y su vicepresidente, Pino Suárez fueron asesinados, después de ser apresados (y aparentemente liberados).
Entonces entra en escena Venustiano Carranza, quien con el Plan de Guadalupe, desconoce a Victoriano Huerta, luchando contra su régimen, con el apoyo de Villa y el general Álvaro Obregón. Zapata, aunque apoyaba la causa y pelea también, después de la experiencia con Madero, no lo hace ya por ningún jefe. Y tuvo razón, porque ciertamente, Carranza rompe en 1914 con Villa (tanto por el carácter arrebatado de éste, como por la falsa idea de que deseaba la presidencia), persiguiendo tanto al jefe de la División del Norte, como a Zapata. Victoriano Huerta, exiliado, busca refugio en los Estados Unidos, pero ahora éstos apoyan a Venustiano, y es apresado.
Pero el triunfo de Carranza, el célebre héroe de las monedas y billetes antiguos de cien pesos, tampoco pone fin a la revolución, pues aunque la constitución de 1917 que él promulga incluye reformas agrarias, del trabajo y la educación (artículos 27, 123 y 3 respectivamente); en la práctica no cumple con ellas, y la rebelión sigue. Zapata es asesinado.
Más tarde, el antiguo amigo de Carranza, Obregón, se subleva (junto con Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta) porque Venustiano planea poner a otro candidato en la presidencia (y no a Obregón, quien ya lo esperaba). Ante el apoyo del ejército a la revuelta, Carranza huye rumbo a Veracruz, y es asesinado en Puebla.
Después de un breve período de Adolfo de la Huerta -quien pacta la paz con Villa- Obregón sube al poder y Villa es asesinado. De la Huerta se rebela porque Obregón firma con Estados Unidos los tratados de Bucareli, en donde las reformas agrarias y de materia energética promulgadas en la constitución no se aplican a las empresas estadounidenses, dejando que continúen en posesión de grandes tierras, ferrocarriles, y explotación de petróleo.
La rebelión es apaciguada, y después del mandato de Obregón, entra Plutarco Elías Calles, fundador del Partido Nacional Revolucionario (antecesor del PRI), quien deshace los tratados de Bucareli, con otro tipo de concesiones. En su gobierno, además de enfrentar la guerra cristera, intenta desmembrar a las comunidades campesinas. Al final del período de Calles, el ex presidente Obregón planea volver a la presidencia y lo logra, pero es asesinado al poco tiempo.
Dieciocho años han pasado ya en ese entonces, de la revolución y aún no se cumplen -en la práctica- las principales demandas. Continúan otros presidentes, y es hasta 1934, con Lázaro Cárdenas, que inicia el reparto de tierras, la creación de los ejidos y el mayor apoyo a la educación. No obstante, el "fin oficial" del movimiento lo proclama Plutarco Elías Calles al decir en un discurso que "ha acabado la era de los caudillos y sigue la de las instituciones".
De esta manera, son el PRI y las instituciones la herencia oficial de la revolución, pero... ¿qué imágenes vienen a nuestra mente cuando escuchamos hablar de ella? Lo más seguro es que, además de Zapata y Villa, veamos a todos esos héroes anónimos del pueblo (acompañados de las famosas "adelitas" e incluso niños) captados en las lentes de la incipiente fotografía y/o narrados en los corridos. Hay testimonios; y como estadísticas: un millón de muertos que querían dar mejor vida a sus familias.
De nuevo, como en la independencia, el mismo estrato de la población venció por número, aunque los representantes eran otros: Madero, el mártir oficial (con banda presidencial incluida); y Carranza, el recordado prócer de la actual constitución. Lo malo es que ninguno de los dos dio real respuesta al pueblo que los apoyó (como también pasó en la independencia).
A un mes de conmemorar el inicio de la Revolución, no se recuerda otra de tal magnitud, porque las rebeliones subsecuentes han sido reprimidas antes de que se generalicen en todo el territorio nacional: la de 1968, con balas caídas del cielo durante una manifestación pacífica, y la del EZLN, con una guerra de guerrillas, además de la indiferencia a sus peticiones. Dichas inconformidades y movimientos nos muestran que los problemas del pueblo no se han solucionado de raíz.
La historia de la Revolución, manejada desde la silla de los ejecutivos, ha sido una serie de traiciones continuas, pareciendo decir: "quítate, que ahora voy yo", dando la razón a Plutarco Elías Calles, quien recomendaba cínicamente: "El que quiera la silla presidencial, que se forme"... pero no se trata de eso, sino de buscar la felicidad y bienestar del pueblo. Para ello, el servidor público, tendría que ser precisamente eso, y los ciudadanos, poner nuestro granito de arena para que la situación cambie, tanto de manera individual, como colectiva.
Más cercano a nuestros tiempos, lo ganado en reforma agraria y energética, ha ido perdiéndose con los gobiernos neoliberales, específicamente a partir del período de Carlos Salinas de Gortari, quien modificó el artículo 27 constitucional (tan duramente conquistado), permitiendo que de nuevo se fragmenten los ejidos y sean vendidos no sólo a nacionales ricos, sino a extranjeros. De esta manera, se han creado nuevos latifundios, tanto de uso agrícola como comercial, pero ya no se les llama así, porque legalmente no los tiene una sola familia, sino una corporación. De la misma forma, la banca, los teléfonos, los ferrocarriles, y más recientemente la energía eléctrica y el petróleo (aunque de manera parcial estos últimos) han sido abiertos a la privatización.
Amalia Fisher, socióloga de la UNAM, advierte que la riqueza, durante el porfiriato, estaba concentrada en manos de unas doscientas familias, y en la actualidad, sucede algo similar (las grandes empresas y monopolios). Señala además que "la deuda de los gobiernos postrevolucionarios es principalmente con los indígenas, campesinos y con los trabajadores, sectores que fueron parte importante del movimiento armado y a los que la Revolución no les hizo justicia".
Emiliano Zapata, en sus tiempos, decía que sin tierra no hay trabajo y sin trabajo no hay libertad. Hoy entendemos que esa tierra, además de un lugar de cultivo para los campesinos y el sustento de nuestra alimentación, es un domicilio, y el sitio donde podemos transitar con seguridad. Si ese sitio no existe, algo anda mal. En materia alimentaria, la importación ya un hecho, pues sale más barato para el gobierno comprar granos y vegetales transgénicos (además de productos animales con hormonas) que invertir en el suelo nacional. De esta forma, no nos nutrimos, no somos independientes, y la revolución se queda trunca.
El producto de la tierra y del trabajo no agrario, tampoco es de quien lo trabaja; y la seguridad se ha visto amenazada por la creciente delincuencia y el narcotráfico. Todo tiene un límite y deberían considerarlo quienes están en el gobierno y/o en el poder económico, pues no somos engranajes de una fría máquina ni mercancías, somos personas.
Por lo pronto quizá debiéramos empezar como Benito Juárez empezó: salvándose a sí mismo, trabajando -y estudiando- por un mejor futuro, que cambió su destino cuando aparentemente no tenía posibilidades. La historia debería servir para no repetirla, y para rescatar aquello positivo que pueda servirnos en un plan como nación que nos incluye a todos. No sólo la rapiña mueve los hilos y todos somos responsables de México desde nuestras trincheras.
Hasta la próxima.
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En esta ocasión no hay anécdotas, pues, aprovechando el próximo día de muertos, en esta columna hay luto por la sangre derramada de los héroes -anónimos o no- que ayudaron de manera sincera a nuestra patria y conquistaron, ya sea en los hechos, o en ideas, una mejor nación solidaria.
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La Barra de Géneros y la Sección de Turismo se actualizan con información de alumnos de la Lenciatura de Comunicación de la Universidad La Salle; Universidad Iberoamericana y de la Licenciatura en Comunicación y del Diplomado de Periodismo Escrito Especializado en Promoción Turística. Campus FES. Acatlán, UNAM.
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